26 jun. 2009

Algunos opinarán que soy una rara avis porque en estos tiempos desérticos de fe conozco un puñado de hombres que, o bien ya son sacerdotes o lo van a ser en un plazo más o menos breve. No en vano, inauguro el verano con la ordenación como diácono de un amigo y lo concluiré con la ordenación como presbítero de otro. Y puede que, como el año pasado, me sorprenda la entrada en el seminario de algún estudiante que acaba de superar la selectividad con buena nota y deja arrinconada una prometedora ingeniería, o de algún universitario que cede los trastos de un más que seguro éxito a cambio de los manuales de Teología y Filosofía.

Parafraseando a Teresa de Calcuta, para quien el nacimiento de cada niño demuestra que Dios aún no se ha cansado de los hombres, la ordenación de cada sacerdote prueba que Su misericordia para con los mortales es infinita. Porque un sacerdote es cura de almas, término precioso y didáctico, un mediador de la gracia, otro Cristo que en el ejercicio de sus funciones sacramentales abre a sus hermanos de par en par las puertas del cielo.En ocasiones abruman los sucesos repugnantes de presbíteros que abusaron de su condición para cometer las más terribles tropelías. Por otra parte, el cine y la literatura nos han contado tantas veces que los curas son tipos execrables, fanáticos, gulosos, cascarrabias y un punto lujuriosos, que podría parecer que el ejercicio cural necesita unas vacaciones, tal vez definitivas. Por eso mismo, este año sacerdotal recién inaugurado por Benedicto XVI se convierte en la mejor oportunidad para abrir puertas y ventanas y permitir que entren ráfagas de aire puro.

El mal entendimiento del Concilio trajo consigo un buen número de sacerdotes derrotistas, dedicados a mil y una actividades ajenas a su ministerio, empeñados en no mostrar un solo signo de su condición, por más que el orden deje un carácter indeleble por encima, incluso, de la desacralización. Recuerdo a alguno de aquellos pobres curas, avergonzados del empuje vibrante de Juan Pablo II, un Papa que se llevaba a los jóvenes de calle con el testimonio de su fidelidad y de su arranque apostólico, y que sufrió hasta las lágrimas, ¡en tantas ocasiones!, con las infidelidades públicas y privadas de los curas.

Puede que el sacerdocio sea uno de los ejercicios más complejos a los que se puede enfrentar un hombre. No sólo por dejar que sus pobres manos y su pobre boca, su inteligencia y voluntad se conviertan en determinadas ocasiones en las de Jesucristo, que no es moco de pavo, sino por recoger desde la mañana hasta la noche las heridas de los seres humanos. Así lo hizo el santo cura de Ars, patrono de los curas diocesanos y modelo de sacerdotes. La intensidad de su oración y su penitencia, su benignidad y las horas que pasó amarrado al confesonario, lograron que se recristianizara aquella región después de los descalabros de la revolución francesa. Y no fue un superficial cambio de costumbres, sino una sucesión casi interminable de personas que rendían una vida alejada de Dios para regresar a los brazos de la Iglesia. Recomiendo la lectura de su biografía, publicada por Homo Legens, como primer paso para vivir las exigencias de este año singular.
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