19 jun. 2009

A pesar de que en estas semanas se me pega la camisa y rehúso dar la mano, porque me sudan, el comienzo del verano ejerce sobre mí cierto reclamo de infancia, una remembranza dulzona como el zumo que sueltan los albaricoques maduros, que perfuma el frutero y evoca los mejores momentos de la vida, cuando el final del colegio y la llegada de las vacaciones se adivinaba entre el oxígeno quieto, apelmazado, de un sexto piso que coronaba el edificio y que parecía recibir la salida de humos del infierno, que no había quien consiguiera coger el sueño, húmedas las sábanas después de tantas vueltas, la ventana abierta de par en par por si se colaba una brizna de aire y el alegre entrechocar de las cervezas en los veladores del bar de enfrente.

El comienzo del verano es el cumplimiento de una promesa: que hemos nacido para el descanso y la fiesta, para la perpetua vacación, para las tardes lánguidas de piscina. Y eso que no me gustan las piscinas, que prefiero el agua natural: la de los ríos y los lagos, la del océano, especialmente bajo esos rompidos que caen a cuchillo, los acantilados recios del norte que sufren el batir incansable de las olas, un hervor de espuma yodada que habla de ballenas y otros monstruos mitológicos allí donde reinan las oscuridades abismales. Pero en el comienzo de mis veranos de infante no había mar, el mar llegaba en agosto, sino piscinas y cuerpecitos que exhalaban cloro y ojos enrojecidos de bucear y un diente roto por aquella hazaña de pretender emular a mis mayores al lanzarme de cabeza contra la zona menos honda de aquel pozo añil.Me encanta descubrir el poso del comienzo del verano en mis hijos: la naricita que se enrojece, que se puebla de pecas al tiempo que las cejas se tiñen de un rubio como de fuego, una salpicadura de sol que les ilumina el rostro. Ha llegado la época de las calcomanías, de los tatuajes de quita y pon que aparecen en las bolsas de patatas y ellos se pegan alrededor del ombligo y sobre los hombros que comienzan a llenarse de virutitas de piel quemada, porque el verano tiene mucho de anarquía, de libertad.

Reivindico el verano como la mejor estación del año por lo que tiene de festiva, de familiar, por lo que nos acerca los unos a los otros, a pesar del calor tórrido que todo lo adormila o gracias a ese mismo calor, que ayuda a la desinhibición, a aguardar que la digestión pase bajo la sombra de un chopo, padres e hijos leyendo un tebeo junto a la música insistente de las chicharras.
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