2 jul. 2009

Tuvo algo del novio de América, una especie de superhéroe sin músculos en el final de la Guerra Fría, capaz de que hasta detrás del Telón de Acero bailaran al son imposible de su música pop. Pero después se convirtió en monstruo, una bestia siempre cambiante que le fue comiendo el físico y la dignidad. Aunque le persiguiera su sombra ratonil, no deseaba seguir pareciéndose a Mickey Mouse sino lograr las trazas de un personaje malote y mórbido. Aparecía en los escenarios disfrazado con mil hebillas y llevándose la mano al sexo en un gesto grosero que pretendía ser falaz, como falaz era todo su personaje, porque Michael Jackson era más un personaje que una persona, tal vez porque nadie le trató jamás como un ser humano carcomido de complejos y dudas sobre sí mismo.Ni siquiera producía lástima contemplar esa metamorfosis grotesca que hablaba a gritos de su soledad, de los abusos que sufrió de niño, de la necesidad de curar la herida que le abrieron cuando convirtieron su nombre en una máquina de hacer dinero. Digo que no producía lástima sino repugnancia al revestir su pasado doloroso con un bisturí que le convirtiera en un dibujo animado andrógino, un monigote que estaba por encima del hálito de los demás mortales, a los que no tocaba, de los que no quería compartir ni las bacterias que a fuerza respiramos. Hasta que la muerte lo igualó a esos zombis con los que movía las caderas allá por los años ochenta, de los que los cementerios están llenitos a rebosar.

Peter Pan no existe, por más que lo proclamen los tabloides, ni puede inventarse a fuerza de cartílagos nasales fabricados con plástico. Tampoco caben juegos de prestidigitador en la paternidad, salvo que se paguen vientres de alquiler y otras porquerías reservadas a las granjas. ¡Pobres hijos de M.J.!

Ahora levantan la fragilidad de Michael Jackson muerto para hacer de él un icono. Un icono de la lentejuela y de la nada. Un icono de la pederastia que se va de rositas, tal vez, un icono de unos dones indudables para el canto y para el baile –en estas lides fue un número uno-, entregados a los cerdos de un negocio –el de la música- en el que se mueve mucho dinero y en el que no se perdona romper el ritmo de la máquina registradora, mucho menos con la muerte, de la que hacen el más entretenido de los shows.
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