13 jun. 2009

La ministra Aído no es madre. Y si lo fuera, por de pronto, pobrecitos niños. Y no lo escribo con retranca, como si tuviera el ánimo de hacer un chiste fácil, sino con absoluta tristeza: no es compatible la maternidad con ese ensañamiento contra la vida. Algo parecido apunto sobre la ministra de Sanidad, que también anda, erre que erre, con el propósito de convertir las clínicas y hospitales de España en máquinas de carne picada. Carne infantil, digo. ¿Por qué esta obsesión de los miembros del gobierno y del Partido Socialista con el aborto? Ellos, en principio adalides de la justicia social, ¿no entienden que no hay mayor justicia que defender a un ser humano aún no nacido? ¿Por qué se alían, entonces, con tantos personajes siniestros que han troceado, estrangulado, salinizado y aspirado a millones de bebés? ¿Qué tiene que ver la ilusión socialista del mejor reparto de los bienes y las oportunidades con esos salpicones de sangre de infante?Me consuelo mientras arrullo y beso a Sofía, nuestra cuarta hija, que suspira mientras busca acomodo en mis brazos. Apenas pesa tres kilos. Es la imagen de la tierna indefensión. Y de mi corazón brota un sentimiento de amor que sólo lo supera mi mujer, su madre, que le ha dado la vida con enorme sacrificio para su salud.

Quisiera invitar a la ministra Aído a mi casa. Y a Trinidad y a Zapatero y a todos los que creen que el aborto es un derecho. Quisiera invitarles a sentarse frente a la cama donde descansa esta recién estrenada maternidad. Quisiera entregarles a Sofía para que la acunaran y descubrieran de cerca que el hombre no ha recibido encargo más importante que transmitir la vida. Los suspiros dulces de mi hija, de cualquier bebé, les enfrentarán a las convulsiones de los fetos en la horrible tesitura de luchar, en el seno materno, contra un elemento extraño que les busca para aniquilarlos. Y sé que a todos esos políticos que se rebelan contra el milagro de la vida, se les tiene que ablandar el corazón, esa coraza dialéctica con la que nos están imponiendo la cultura de la muerte. La cercanía de un recién nacido al que podrían asesinar sin apenas esfuerzo, les haría contemplar de otra manera a la adolescente embarazada, a la mujer que sufre una violación o a la que porta la delicadeza entre las delicadezas, que es un hijo enfermo.

Después de sostener a un recién nacido, pueden asomarse a la papelera de vertidos humanos de cualquier abortorio. Que comparen la piel sonrosada y suave del bebé con esos rostros sajados a bisturí. Que contemplen las manitas que se aferran a sus dedos con las que han perdido el pulso entre gasas y coágulos.
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