1 jun. 2009

Enrique García-Máiquez, vecino de columna, excelente poeta y comentado prosista en algunos foros universitarios del norte de España (de lo que doy fe), es un escritor que se distingue por su exquisita prudencia. Reconoce -con orgullo de hijo espiritual- su vinculación sarmentosa a la vid de Miguel D’Ors, como si su pluma vertiera savia dorsiana en vez de tinta azul o negra. Y sí, puede que a sus versos se asome esa dulce rutina, la sencillez amable del rapsoda asentado en Granada. Sin embargo, Máiquez tiene voz propia, y muy propia, como reconocen sus seguidores en el semanario ALBA o los muchos que va sumando su blog, “Rayos y truenos”, que marca un antes y un después en esa creatividad libre e inmediata que permiten las herramientas intangibles de la red. En todo caso, me reafirmo en que al poeta portuense le distingue una exquisita prudencia, rasgo propio de los caballeros de escuela inglesa, aplicable a quienes observan, calibran y sopesan antes de dar una opinión.Esta loa viene a cuento no sólo de su último libro, “Lo que ha llovido”, publicado por Númenor, una de las editoriales más exquisitas de nuestro plantel, en el que recopila, corrige y actualiza su bitácora, traspasándola de la inmediatez de la pantalla a la eternidad de la letra impresa. Viene a cuento, digo, también al juicio que ha ido construyendo acerca de internet como vehículo literario. Yo, sin embargo, me tiré a matar sobre Facebook no hace demasiado tiempo, asegurando que jamás me haría “amigo” de un desconocido que envía un mensaje mecánico, cuasi industrial, a la cuenta de mi correo electrónico. Me tiré a matar convencido de que había enterrado el estoque hasta la gamuza pero, ¡ay, imprudente!, ha llegado el día en el que el número de personas agregadas a mi cuenta de esa biblioteca de rostros ha superado los mil nombres. Es decir, que no sólo acepto con gusto las invitaciones desapasionadas de quienes quieren “ser mis amigos”, sino que soy yo el que lanza a destajo la necesidad de amistad electrónica, como un mendigo que sacude su escudilla de cobre en mitad de la plaza pública, suplicando la curiosidad de mis lectores.

Enrique García-Máiquez se cuidó muy mucho de demonizar las posibilidades que le ofrecía aquel blog al que enseguida vistió del príncipe de gales de su admirado Chesterton. Y así, entre cuadritos cárdenos, ha venido a demostrar que el hombre tiene necesidad de contar, de narrar, desde el inicio de los tiempos, lo mismo con garabatos sobre las paredes de una cueva que mecanografiando directamente sobre un sitio web. Lo importante es tener algo que contar, lo que Máiquez logra con maestría de charlatán de feria, porque como buen dorsiano sabe sacarle chispa a las tribulaciones cotidianas, las de un profesor en un instituto bullanguero o al corretear de un bodeguero (su perro) por una playa gaditana.

Por cierto, Enrique, ¿quieres ser mi amigo?
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