5 jun. 2009

Todo empieza con una comezón imprevista, con la sensación de que te han sembrado en la cabeza un huerto de pimienta. Te rascas (ras-ras…) por el cogote. Te vuelves a rascar (ras-ras-ras…) por detrás de las orejas. Continúas por la zona del flequillo (ras-ras-ras-ras…) Y entonces te invade una duda, un latigazo helado: “¿cómo es posible?... A mi edad, cuando friso los cuarenta…” Por primera vez sientes una envidia sana de los calvos, en quienes los piojos no tienen agarre para enganchar sus patitas ni fronda sobre la que depositar sus huevos.

El peor momento lo sufrí en un hotel de la ciudad de Granada. Me acerqué al espejo del cuarto de baño para acicalarme, minutos antes de que diera comienzo una de mis conferencias. Abrí el neceser, saqué un peine, comencé una cantinela distraída…, y cuando iba a pasarme las púas de carey de adelante a atrás, un parásito diminuto con espantoso aire de monstruo en miniatura comenzó a pasearse por mi frente. Di un grito que debió alertar a la camarera de planta, abrí el grifo del agua fría y metí la jeta bajo el chorro, decidido a ahogar a aquella bestezuela milimétrica por los caños de la antigua urbe de Boabdil. En un par de ocasiones necesité volver el cuello y tomar un buchito de aire, como si me encontrara en mitad de una piscina. Cuando consideré que le había dado la oportunidad de bucear hacia las negruras del alcantarillado, me eché la toalla a la cabeza, me di una buena refriega con colonia y respiré… La conferencia, lo reconozco, fue un fiasco: no pude concentrarme en el asunto sobre el que me habían invitado a disertar; me vencía la amenaza cierta de que aquel buzo siguiera sujeto a una guedeja o de que algún hermano de camada, con la misma vocación de escalador, pudiera utilizar mi faz para sus descensos ante la inquisitiva mirada del auditorio.

Antes de que nacieran mis hijos, apenas pensaba en las plagas de piojos. Consideraba las liendres y los animales eclosionados como vestigios de una España en blanco y negro. Mis abuelas, por ejemplo, se referían con desdén a los ropajes de los soldados que volvían del frente, ya que era necesario quemarlos al fuego de la caldera para que las casas no se convirtieran en un festival de insectos diminutos y voraces. Semejante escena no liga con nuestra era digital, con los mandos a distancia, con esta crisis de golfos de altura. Por eso consideré inimaginable que los colegios y los parques infantiles fueran el último reducto de estos gorrones de cabeza ajena, hijos del hambre, del polvo, la cuadra mulera y la alpargata.

Qué equivocado estaba… Los piojos nos acompañan desde que el mayor de nuestros hijos puso un pie en la escuela infantil. Un piojo, éste del siglo XXI, crecido ante los productos químicos, reincidente, hecho al cambio climático y hasta el duro invierno. Piojo de verano y entretiempo. Piojo que nace, se desarrolla y multiplica a velocidad vertiginosa. Piojo que lo mismo le da una cabeza infantil que una núbil y hasta envejecida. Son piojos urbanos acostumbrados a la calefacción y la moqueta, al restaurante de tres tenedores, a la conexión a internet y al Facebook.

La paternidad, la maternidad, nos ha traído consigo no solo un pan sino una liendrera de numerosas puntas y la paciencia infinita para desenredar el cabello de los niños en busca de esos piojos (los hay de todos los tamaños) y sus huevos (de todos los calibres). Ajenos al efecto mortal de los remedios de las abuelas (léase toallas empapadas en vinagre caliente), a los efluvios de champús y lociones, uno llega a pensar en patentar una esfera con forma de secador de peluquería de señoras, que dentro disponga de esos tubos azules que atraen a moscas y mosquitos en los merenderos veraniegos. Pero ni siquiera la electricidad parece servir contra la penúltima epidemia del mundo occidental.
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