17 sept. 2009

No nos chupemos el dedo: en el laicismo hay cálculos muy sutiles, como que alguno de sus miembros más reconocidos se declare cristiano y haga un uso torticero de su pertenencia a la Iglesia. En nuestro país tenemos dos casos bien significativos por su maquiavelismo: el del presidente de la Cámara Baja y el del inefable ministro de Fomento. El primero, José Bono, utiliza su pertenencia a la Iglesia con un soniquete que recuerda a la caricatura de un mal beato: empasta la voz, arrebola los ojos y se proclama seguidor de Jesús de Nazaret para después comenzar a poner los puntos sobre las íes a la Iglesia en todos aquellos asuntos que forjan el esqueleto de su programa ideológico. No en vano, a Bono se le recuerda por su decisión de cercenar la libertad de los padres castellano-manchegos a la hora de escoger libremente la escuela de sus hijos, aunque también por los arrullos al delicadísimo Zerolo y a toda la caterva de asociaciones unidas por la promiscuidad, así como por aquel gesto grotesco de desplazarse hasta Entrevías para zamparse un trozo de pan de hogaza contra la llamada al orden del cardenal al díscolo párroco. Tampoco ha dado su brazo a torcer en las leyes que sostienen la cultura de la muerte; se sale por peteneras cuando le preguntan sobre el aborto. El segundo, Pepiño Blanco, es todavía más mendaz. Pisa en los mismos lugares que su compañero de partido (ataque a la libertad de educación, samba con gays y lesbianas, tirones de orejas a la Iglesia española y, como no, justificación de lo injustificable: que la liberación del aborto viene a convertir en derecho el hasta ahora fraude de ley, para que los abortorios de España maten más y mejor).La soltura con la que proclaman su cristianismo (Pepiño aclara que no va a misa todos los domingos, como si los fieles estuviésemos llamados únicamente a calentar banco en una parroquia) fortalece aún más su capacidad de dañar a la gente de bien. Por eso echo de menos una voz con autoridad que nos aclare si un cristiano puede permitirse el lujo de abanderar la causa del aborto sin que nadie le enmiende la plana y, además, dar lecciones a la Iglesia.

Prender el hilo de la confusión es la mejor de las estrategias para que el laicismo arraigue. Muchas personas han terminado por admitir los atentados contra la vida como un mal menor gracias a la retranca de estos políticos que lanzan guiños de meapilas. A este paso, terminaremos por embelesarnos con su corazón público el día que les veamos comulgar por la tele.
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