11 sept. 2009

Una de las escenas más delirantes de las pasadas vacaciones se repetía por los restaurantes de toda la geografía española. Me refiero a las familias que salen a cenar y, como no tienen con quién dejar a los niños se los traen puestos.

Ya sabemos como se portan los niños en un restaurante. Llegan con la emoción de que van a ser protagonistas de un gasto extraordinario que suele traer como guinda un helado, pero enseguida se dejan caer por el tobogán de la impaciencia. Que si el camarero tarda, que si me da asco este revuelto de setas y ajetes, que si ya no tengo hambre después de haberme comido todo el pan y ni siquiera haber probado el primer plato, que si cuándo vienen los helados, que si vámonos ya, que si niño deja de correr que estamos en un restaurante, que si niño vete a correr donde quieras con tal de que me dejes cenar en paz…Una cena fuera de casa es una condena para un pequeño. Lo fue para mí las contadísimas veces que acompañé a mis padres, porque también era de los que me comía el pan antes de que rellenaran la comanda y de los que al servir la sopa sentía en las piernas la comezón de querer salir a jugar entre las mesas o afuera, si es que había patio.

En todo caso, ahora me gusta ese delirio. El de comer en familia, digo. Por desgracia, para muchos, comer todos juntos no entra en lo habitual. Las grandes ciudades y el ritmo febril que impone el trabajo hacen inviable disponer de un par de horas para almorzar con el cónyuge y los niños, por no hablar de la duración de la jornada, culpable de que a muchos padres sólo les quede el consuelo de dar un beso a su prole cenada y dormida.

El comienzo del curso impone una serie de rutinas que tendríamos que cambiar. Una de ellas es la tartera, con la que el niño come solo, a sus anchas y como un salvaje. Peor es la de almorzar o cenar frente a la televisión. Decía que la mesa tiene algo de festivo. De otra manera, nuestra cultura se hubiera encargado de que nos alimentáramos en pesebres. Sin embargo, hemos dotado a la alimentación de una liturgia, de unos modales, de unas costumbres que engrandecen lo que en sí no es más que una necesidad fisiológica. En la mesa surgen conversaciones, el intercambio de información acerca de nuestra vida fuera del hogar, se organizan planes, se anuncian hechos importantes, se celebran acontecimientos y, sobre todo, se aprende a servir. Escogiendo, por ejemplo, esas partes del pollo que suelen ser las últimas en desaparecer de la bandeja.
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