26 mar. 2010

Hay flores que definen lugares. Así como el azahar es el color y el aroma de la primavera sevillana, la camelia representa la delicadeza inodora de Galicia. Desde el pazo de Santa Cruz de Rivadulla hasta el finis terrae, arbustos, selvas y pequeños árboles cuajados de camelias festonean los verdores del noroeste de España con una explosión de los colores más delicados, un milagro de la naturaleza, una razón para no poder evitar cantarle a Dios por haber salpicado gotas de su gloria aquí y allá, entre los granitos de las casonas, los monasterios, las torres y ermitas que jalonan los últimos kilómetros del Camino, esa senda que define Europa y su unidad a través de una misma fe, la de quienes custodiaron el cuerpo de uno de los “hijos del trueno”, la de aquellos que le dieron santa sepultura en un campo de muerte, la de la estrella que fijó en aquel castro del interior de Galicia la razón de un continente, la fuerza pacífica que trocó el paganismo en la religión del amor, la barbarie en una civilización nueva capaz de racionalizar los instintos del hombre para ordenarlos al bien común, gracias a una serie de derechos y obligaciones que son reflejos de aquellos acontecimientos y de aquella predicación de la que Santiago el Mayor fue testigo privilegiado.Todo esto para decirles que he peregrinado a Santiago de Compostela y que, junto a los restos del apóstol, he ganado el Jubileo. Entre los lugareños crece la tensión ante la visita del Papa Benedicto a final del año, visita en la que renovará el mensaje inolvidable de Juan Pablo II, romero insigne que hizo del sepulcro la sede de un proyecto de reevangelización para una Europa que parece muerta, la Eurabia de la Fallaci, del desierto demográfico, del racionalismo individualista, del laicismo beligerante, del intervencionismo que paraliza la iniciativa privada, de la telebasura…, realidades que son como un cardo seco frente a la delicadeza bellísima de las camelias.
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