30 abr. 2010

La tía Robus no era tía de nadie, aunque los habitantes del pueblo le daban aquel trato por mérito de su senectud. No en vano, era la mujer mayor del valle y había visto llover más que ninguno. Nació en una lejanísima centuria, sin plásticos, aviones ni automóviles, es decir, en un tiempo inimaginable. A los veraneantes también nos permitía la familiaridad y nos regalaba unos bizcochos a medio cocer con una sonrisa desdentada y cautivadora, al tiempo que suspiraba por su funeral, ya que imaginaba en voz alta lo concurrida que estaría la iglesia la tarde en el que la colocaran -dentro de su cajita, con expresión tranquila, como si estuviese dormida- a los pies del altar de san Juan Degollado. Decía que la parroquia estaría a reventar, que no cabría un alma, que los fieles se apretarían desde las escalinatas del ábside hasta el san Roque de pasta, a la salida del templo. Y razón tenía la tía Robustiana, pues aquella tarde no cupo un alma en la nave central ni en los laterales de la iglesia, dando cumplimiento a su fervoroso deseo de un funeral convertido en acontecimiento.Dicen que el gusto por la muerte es una singularidad de los países mediterráneos. En otras latitudes ni siquiera se llora en los entierros. En España, sin embargo, nada nos gusta tanto como un óbito de caché, con muerto de cinco tenedores al que acompañen todos los elementos propios de una defunción de primera. Tal vez así se expliquen, por ejemplo, las largas colas que se formaron ante el palacio Real tras la muerte de Franco (por más que nadie reconozca haber pasado por allí) o los llantos destemplados tras el paso a la otra vida de folclóricas como Lola Flores o Rocío Jurado. Necesitamos un muerto para solaz del público, un cadáver que unifique criterios y convierta la ácida crítica, pan nuestro de cada día, en una cascada de parabienes, con discurso oficial, salón de los Pasos Perdidos, palafreneros de luto riguroso y libro de firmas con el canto dorado.

El fallecimiento de Juan Antonio Samaranch ha sido un buen ejemplo, por más que el que escribe eche de menos los homenajes en vida frente a la elegancia forzada de los caballos con penachos negros o los paseos por la vía pública sobre los hombros de reconocidos deportistas.
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