7 may. 2010

No me cuesta imaginármelas llegando en transporte público al Ministerio, viajando desde la sede de Presidencia al aeropuerto con el bono del autobús en la mano, apagando las luces en cualquier Consejería autonómica, regulando la calefacción y el aire acondicionado y cambiando el agua a las flores para que la decoración sea algo más que el capricho de un día.

Por imaginármelas, las veo controlando el tiempo que sus subordinados dedican a los cafés y contrastando las facturas de los móviles que pagamos entre todos, estudiando las dietas una a una y tachando, de una larga lista, aquellas subvenciones que no tienen pies ni cabeza. Ellas reclamarían los impagos y pagarían al final de obra o servicio, pedirían el menú del día en las comidas oficiales, devolverían los regalos y colocarían bien la solapa de las chaquetas de sus ujieres.Lo habrán adivinado: hablo de las amas de casa, de esas mujeres que están por encima del tiempo –podrían ser, al mismo tiempo, mi madre, su abuela, mi esposa, su suegra…-, adornadas con cualidades exclusivas que les permiten alargar hasta el último céntimo; disfrazar el interior de una nevera a partir de mediados de mes; zurcir y volver a zurcir los calcetines; buscar zapateros remendones capaces de resucitar unos mocasines con las suelas agujereadas; negociar a la baja en precio de la manzana reineta; sacar, como por arte de birlibirloque, una colorida ensalada de lo que antes eran unas cuantas verduras encogidas de tristeza; escuchar la radio, hablar por teléfono, acunar a un niño, tararear coplas o boleros y planchar al mismo tiempo; colarse en la fila del pan y acompañar a los hijos al médico, como si ellas desconocieran los dolores. En fin, cualidades para conseguir que siempre nos sintamos seguros, a pesar de los pesares.

Las amas de casa deberían estar al frente de la administración del Estado, como presidentes del Gobierno y ministros de cualquier cartera. Las veo reunirse para agarrar el toro de la crisis por los cuernos, decididas a trabajar de sol a sol sin pensar en ellas mismas. Entonces se terminarían los derroches, tanta viruta de epidermis: los armarios repletos de muestrario, los portavoces y las subcomisiones de las comisiones, los menú-degustación, el ir y venir en avión, los asesores de imagen y de protocolo… Porque las amas de casa no se andan con chiquitas; van al grano. Si hay poco que repartir, capaces son de quedarse sin comer con tal de contemplar como los suyos mueven la mandíbula. Y llegada la hora de cambiar de vestuario, quitan forros y hombreras, descosen para volver a coser, dan la vuelta a dobladillos y recurren a rodilleras y coderas para que las prendas aguanten.

Las amas de casa dan, sin pretenderlo, una lección diaria a los prebostes de las teorías económicas, a los que siempre tienen un saco de medidas escondido en las mangas, a quienes parecen incapaces de bajarse del coche oficial para compartir, con sus conciudadanos, el dolor de pagar un depósito de gasolina. Nada tiene que ver con esos políticos que aprovechan los domingos y fiestas de guardar para bajar a la arena pública y compartir unos minutos con el pueblo, siempre en compañía de una cuadriga de fotógrafos que inmortalice semejante exceso de exotismo.

Me gustaría escuchar a las amas de casa en la tribuna pública. Ellas saben de sensatez porque se conforman con poco, porque tienen la cabeza y el corazón siempre puesto en los demás, porque saben lo que vale un peine y un kilo de tomates.
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