7 may. 2010

Méjico no se entiende sin Guadalupe porque, frente a otros países, el hecho fundamental de su existencia está enraizado en aquella Virgen india que se apareció a Juan Diego pocos años después de que los españoles pacificaran el Nuevo Mundo. Más allá de los misterios que encierra la impresión de la reliquia en el poncho del indiecito, o de los milagros de fe y salud que han jalonado los siglos de su veneración, Guadalupe es una advocación que remueve el alma de quien la contempla. San Josemaría falleció, en su despacho romano, pocos instantes después de dedicarle una mirada enamorada. Y con el santo aragonés, millones de mejicanos a quienes siempre acompaña la estampa de esa Madre que tiene un rostro mucho más enigmático que el de la Gioconda: uno no se cansa de observarla con el propósito de entender cómo es posible que su aparente seriedad regale tantos gestos de misericordia.

La Guadalupana despierta una especial devoción entre los toreros que cruzan el charco hacia los ruedos del país azteca. Enrique Ponce, nada más bajarse del avión en el D.F., lo primero que hace es dirigirse al cerro de Tepeyac para postrarse a los pies de la tilma. Mientras su automóvil avanza por el tráfico denso de la ciudad, no deja de repetir piropos a la que considera la mujer más bella del mundo. No en vano, el propio Ponce fue testigo de una curación milagrosa en el camarín de la Señora, pero eso es otra historia que debería narrar el propio torero.José Tomás, que aparenta ser distante y frío, se acercó a los micrófonos apostados en el hospital de Aguascalientes, en cuya plaza ha estado a punto de rendir la vida, para agradecer no sólo a los médicos que le salvaron de las garras de la parca y a los aficionados que donaron generosamente su sangre para que se la transfundieran, sino para mentar a la Virgen de Guadalupe y agradecer su intercesión, como agradeció también la de tanta gente que ha rezado por su restablecimiento.

Me conmueve semejante muestra de fe por parte del héroe. José Tomás se ha convertido en un referente de autenticidad en estos tiempos en los que todo lo grandioso parece llevar la mentira del cine en tres dimensiones. Por este motivo, su devoción mariana adquiere una dimensión distinta, sorprendente, ejemplar.
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