28 may. 2010

Celebro la reincorporación de don Juan Carlos a sus obligaciones. También que sea Zapatero el primero en recibir su apretón de manos. Cuestión de orden. Ahora, en todo el proceso médico de nuestro Rey -trufado de confirmaciones y reconfirmaciones acerca de la “benignidad” de su mal- he echado en falta que, por encima de la “visión de Estado” que encorseta la más importante institución, quienes manejan la cosa hubiesen dejado un poco más abierta la puerta a la familia. A la real familia, me refiero.

Durante las dos semanas que el Rey ha estado convaleciente en los hospitales de Barcelona, la compañía de su esposa y de sus hijos nos ha llegado en cuentagotas, como si también ellos participaran de una especie de función de teatro en vez de atender y cuidar de un enfermo muy cercano. O como si en vez de cumplir con su marido y con su padre, viajasen a la Ciudad Condal para pasar el fielato de las cámaras y de las declaraciones simpaticonas a puerta de hospital.Se ha dicho muchas veces que la familia real es la primera de las familias de nuestro país, por lo que tiene de representativo. En ella deberían recogerse los axiomas de lo que somos todos los demás. Por eso lo del belén en la tradicional declaración de Navidad, o aquellos posados naturales del cinco de enero, cumpleaños del monarca, o durante las vacaciones estivales en Marivent antes de que la familia empezara a decrecer por razones de sobra comentadas.

Las estancias en los hospitales son trances por los que pasamos todos. Momentos de tensión que unen mucho. Hijos y padres hacen turnos y uno se ofrece, dispuesto a colaborar en lo que sea. No digo que doña Sofía tuviese que pasar los días encerrada en la habitación del Rey, con las zapatillas puestas como tantas mujeres que velan a sus esposos recién operados. Tenía una agenda que cumplir, igual que el Príncipe, y la han cumplido con la solicitud ejemplar que acostumbran. Sólo he echado de menos un poco más de cercanía entre todos ellos, un remangarse, una noche de guardia, una presencia a la vera de don Juan Carlos en su primera aparición después de la intervención, una sesión fotográfica -todos juntos- en la Zarzuela, un abrazo, un beso, una complicidad.
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