14 may. 2010

Para los padres, la primera Comunión de nuestros hijos supone una barrera que franquea la madurez, porque incluso en la paternidad hay grados, desde la inocencia de los primeros pañales al cansancio de cuando no sabemos hacia dónde tirar de las veleidades de los hijos capciosos. La capacidad de algunos hijos para doblegar la buena voluntad de sus progenitores no conoce límites en esta era de sentimentalismo contumaz. Hay padres –¡pobrecitos!- que parecen no haber tenido suficiente con las idas y venidas de la inmadurez filial, a juzgar del yugo con el que se uncen: el de la separación de sus criaturas, el de la crianza y educación de los nietos, el de los egoísmos supinos que tienen forma de última residencia, de abandono y olvido mientras los hijos –adolescentes de cincuenta y sesenta años- se dedican a seguir jugando a pesar de tener el corazón duro como una piedra.

Pero me dejo de tristezas, que en mi caso la paternidad sólo me trae alegrías. Como anunciaba, la última ha sido la primera Comunión del segundo de mis vástagos, con el que he vuelto a cruzar la frontera de la fe infantil, casi vaporosa, para enfrentarme junto a él al misterio insondable de un Dios que se queda, desarmado, en un trozo de pan.La primera Comunión ofrece lecciones preciosas a los padres que colaboran en la catequesis familiar. Vemos acercarse a los hijos hasta la sabiduría de las oraciones populares y cómo tratan de desbrozar los misterios de la lógica sacramental, cómo se plantean la economía salvadora de Dios y comienzan a verle y a tratarle como a un padre todavía más auténtico que el que les ha tocado por sangre.

Me confiaba un amigo, hoy joven sacerdote, que en su vocación tuvo mucho que ver la primera de sus comuniones. Su abuela, a la sazón mujer sufridora por la ruptura matrimonial de los padres de aquel niño, a todas luces irreparable, le hizo un ruego a aquella criatura que aún se atrevía a tratar de tú a tú a Jesús: “El niño Dios concede un deseo a los niños que hacen su primera Comunión. Cuando comulgues y le tengas en el corazón, pídele, por favor, que tus papás vuelvan a quererse”. Así hizo la criatura, con sencillez y empeño. Dos años después el matrimonio vivía de nuevo bajo el mismo techo y consentía, con el tiempo, al propósito sacerdotal del chico.
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