4 jun. 2010

La excusa me la han dado esos militares de boda, que han hecho uso de unos helicópteros para transportar a los invitados. De la noticia me quedo en la necesidad, de un tiempo a esta parte, de convertir las nupcias en acontecimientos circenses, en el “más difícil todavía”, de tal manera que muchos novios (y sus respectivos padres) dedican meses a preparar una fiesta con tintes de bacanal romana al tiempo que arrumban el sacramento en el rincón de las cosas prescindibles.

Entiendo que la crisis económica, en el asunto que nos ocupa, obliga a sentar la cabeza. Ya no hay cuartos para gastarlos en esos derroches que convertían cada casorio en una locura colectiva. Porque los invitados terminamos por juzgar normal que los novios celebraran el convite en una finca que les obligaba a contratar autobuses para ir y volver, que antes de la cena hubiese un aperitivo interminable acompañado de malabares y tigres de bengala, que el almuerzo o la cena consistiera en un milagroso multiplicarse de viandas exquisitas, que a los postres aparecieran unos mariachis, que tras los de Jalisco viniera la danza del vientre seguida de un castillo de fuegos artificiales amenizado por un cantante de blues, que a todos nos protegieran carpas como catedrales -auténticas obras de ingeniería perecedera- decoradas con cascadas de flores traídas para el evento desde el corazón de Africa, y que el baile se dividiera en tres pistas, como el Ringling Bros.

La fijación enfermiza por el qué dirán, el afán por sorprender, la envidia que provocaban las bodas del vecino, han hecho de España una mala copia del lujo con el que se casan los ricos de la India. Por faltar, sólo echábamos de menos los elefantes enjaezados con sedas y oro. Y, sin embargo, de lo que de verdad carecíamos -visto lo visto-, lo que dejamos de lado, lo que hicimos prescindible fue una auténtica catequesis sobre el sacramento (en qué consiste el matrimonio, qué exige a los esposos y qué gracias otorga). Porque llegada la hora de la separación, del regreso a casa de los papás con la maleta y el pañuelo empapado en lágrimas, de la huída con un tercero, de la pelea por quién se queda con la custodia de los hijos y otros desmanes..., los castillos de fuegos artificiales no sirven para nada.
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