4 jun. 2010

Selecciones Reader’s Digest es toda una fuente de inspiración para los escritores; doy fe. Hace dos números, nos sorprendió con un divertidísimo reportaje sobre camareros, esas figuras que a veces nos pasan desapercibidas, como si fuesen sombras, y que, sin embargo, son la clave para el éxito de una cena romántica, de un almuerzo de negocios, de un aperitivo en familia o entre amigos. No tengo empacho al asegurarles que me sentí identificado con todas sus desdichas, entre otras cosas porque durante mis años universitarios ejercí tan noble profesión para no andar siempre pidiendo “la paga” a mi madre.

Recuerdo con una mezcla de satisfacción y miedo la primera vez que me vestí una chaquetilla y unos guantes (porque mi lugar no estuvo detrás de la barra de un bar o entre las mesas de un chiringuito, sino en las filas de un catering de lujo). La oportunidad surgió de repente, mientras estudiaba el Código Civil, y apenas sí tuve la oportunidad de confesar a quien me contrataba que jamás había servido una mesa. Aquella empresaria me miró muy seriamente a los ojos y dictó: “Usa el sentido común”. Así que me dirigí, en mi vieja motocicleta, al lugar en donde habían encargado la cena, me cambié en el cuarto de baño de servio y me presenté, ufano y de punta en blanco, dispuesto a pasar las bandejas de ricas viandas. Para mi sorpresa, la señora de la casa me anunció que aquella noche venía a cenar el padre del Rey junto a una representación selecta del mundo de la banca y del periodismo. Me temblaron las piernas y de mi cabeza se borraron los consejos maternos, aquellos que me habían recordado por qué lado se abordaba al comensal y por qué lado se le retiraba el plato. Estaba solo, sin nadie a quien pedirle que me insuflara ánimos.El lance no salió mal del todo y, a partir de aquella noche, comencé a frecuentar los saraos más selectos de la capital de España y sus alrededores, desde un lugar privilegiado, el preferido por un aprendiz de escritor que tiene en la conducta humana su fuente de inspiración. Porque un camarero va y viene sin que nadie apenas lo aprecie, escucha conversaciones, contempla formas de actuar y puede acercarse a la intimidad de muchas personas como si fuese transparente. Hasta que en otra cena de alto copete dejé que mi curiosidad se engolfara con el palique de unos comensales y tiré, sin querer, la salsa caliente del pato a la naranja por el escote de una mujer. Hubo gritos y hasta algún insulto, y me llevé una nueva lección de cómo actúan determinadas personas ante determinados acontecimientos (reconozco que la mujer agraviada se mostró dueña de un completo señorío).

Cualquier profesión que consista en un servicio público, baja los humos a quien la practica. Y no porque deba someterse al capricho mal educado de los demás, sino porque el éxito de su empeño depende, en buena medida, de la calidad humana que esté dispuesto a regalar. No es lo mismo servir un refresco con apatía que presentarlo con una sonrisa. A este respecto, me viene a la cabeza un suceso muy divertido. Unos amigos cenaban en un asador vasco. Como corresponde al adjetivo del restaurante, las raciones eran copiosas. Al retirar los segundos, el camarero se encontró con que una de mis amigas no había podido terminar los chipirones en su tinta, plato estrella de la casa. No le dijo nada. Introdujo el brazo por la derecha de la comensal y se llevó aquellos restos. Un poco después, regresó el camarero con la carta de postres y una libreta. Repartió el dulce menú entre mis amigos y se colocó, erguido y marcial, con el cuaderno junto al pecho y el bolígrafo presto a tomar la comanda. <<¿Qué tal están las peras al vino?>>, preguntó uno de mis amigos. El camarero dibujó una sonrisa complaciente y abrió la boca: <<Exquisitas. Nuestro cocinero las borda>>. Entonces, todos contemplaron cómo los dientes del mozo estaban recubiertos por una película negra, tan negra como la salsa que había acompañado a los chipirones que había abandonado la mujer a su suerte.
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