18 jun. 2010

Los partidos políticos han deformado la cabeza de sus dirigentes hasta retorcerles las entendederas. Así, analizan a la Iglesia católica según los mismos parámetros con los que componen y descomponen su torticero devenir de cargos, listas y prebendas. Y no la entienden, claro. Y se burlan de ella, también. Y maltratan a quienes no tenemos dudas al sabernos hijos de Roma a la vez que patriotas, como si en nuestra primacía de intereses (anclados en un humanismo que tanto beneficia al bienestar de nuestro país, al reconocimiento de los derechos y las libertades, al cumplimiento de nuestras obligaciones y responsabilidades) no cupiera su miserable caminar a golpe de medición de encuestas.

UPyD, el partido de Rosa Díez, una extraña escisión de la izquierda que ha acogido a una extraña escisión de la derecha, apoya el aborto en términos muy parecidos a los del PP, que son los mismos que -hasta antes de ayer- le daba el PSOE. Estos tres partidos se bandean muy bien en el guirigay homosexual (al que se asoman como un pesquero a un banco de sardinas) y han facilitado que España sea una fábrica de embriones humanos disponibles para cualquier práctica de laboratorio. Por no hablar del divorcio: la infelicidad y las miles de injusticias (en esposos, esposas e hijos) que ha provocado esta ley que disfraza la poligamia con un vestido de civismo, la admiran como un triunfo del derecho.Sin embargo, llegada la hora de buscar votantes, UPyD, PP y hasta el PSOE recurren a las parroquias, como si fuesen mendigos que en vez de hacer sonar una escudilla flamean sus banderitas y sus folletos. Me los encontré en la puerta de la iglesia en la que vivo el precepto dominical, como me los he ido encontrando desde tiempo inmemorial. Plantan su mesa y pretenden pegar banderitas en las solapas de los fieles. Supongo que en Cataluña, Galicia y el País Vasco los nacionalistas harán otro tanto, porque les puede el origen clerical de su ideario, clericalismo que, en el fondo, bombea en el corazón de todos los partidos del arco parlamentario.

Estoy convencido de que si Cristo bajara a la tierra, volvería a fabricarse un látigo de cuerdas y derribaría sus mesas, tirando al suelo sus papeles y sus folletos. Y les acusaría de haber convertido las puertas de la casa de Dios en una cueva de ladrones.
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