11 jun. 2010

El pasado curso, por estas mismas calendas, toda la familia cantábamos al son del hada madrina de La Cenicienta, es decir, dábamos música a un absurdo estribillo por obra y gracia del señor Disney y del colegio de la pequeña, empeñado en convertir a cuatrocientas alumnas de preescolar en la fregona transformada en princesa, sin que los celos por el protagonismo fueran a dañar la convivencia ejemplar del centro escolar. Reconozco que me regocijaba escuchar a mi esposa, camino del banco, entonando el sortilegio que transforma la calabaza en una calesa. Y me regocijé al ver, a primera hora de la mañana, a mi hija disfrazada de Cenicienta cuando por fin llegó la fiesta de fin de curso. En el desfile, la perdí entre tanta falda de alteza y tantos morros de ratoncito (era el disfraz de los chicos). El sol caía a plomo sobre las testas de los ochocientos padres y los casi tres mil doscientos abuelos que abarrotaban las gradas del campo de deporte, máquina de fotos en ristre, grabadora de vídeo en la otra mano.Soy buen padre (lo creo), por más que siempre haya detestado este tipo de tumultos en los que todo el mundo pierde los papeles: los profesores y profesoras, porque deben parecer amables al tiempo que tratan que el rebaño de infantes no se les desboque ante la cercanía familiar; los padres, porque con tal de sacar una instantánea al querubín, capaces son de perder la compostura; los abuelos, porque se les somete a una tortura bajo el sol vengativo de junio (doy fe de una abuela y un abuelo que perdieron el conocimiento, lo que asustó a los niños, aunque mucho más a los hijos y a las nueras, por no hablar de las autoridades del colegio, sobrecogidas ante la posibilidad de un fiambre doble en un centro infantil); los mismos niños, porque llegado el momento son incapaces de atender tantas voces melifluas que exigen una sonrisa por aquí, una mirada por allá, o cualquier otra monada que merezca la pena inmortalizar en un vídeo; por los familiares que restan, a quienes se les suele castigar con la plomiza retransmisión de esas películas en la que las hadas se pierden en un paisaje de encuadres erróneos, en un ir y venir sin tino del zoom, en un sonido como para estallar el tímpano de un elefante.
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