30 jul. 2010

Por más que nos sorprenda, la Historia se escribe al revés. Es decir, que no son los triunfos militares ni los económicos los que, al final del final, darán título a los siglos en los que los hombres hemos habitado este mundo, sino que los débiles -aquellos a los que no damos voz porque los despreciamos- escribirán con letras de oro el nombre auténtico a este misterioso don llamado vida. No se trata de una ensoñación infantil sino de la seguridad de que es el heroísmo el único artífice de la grandeza. Pero no un heroísmo peliculero sino el amor abnegado y silencioso.

Charlie Rivel, el payaso al que de niño miraba con ojos de envidia a través del televisor, fue uno de esos héroes. Por entonces yo quería ser clown, tal vez porque los ojos infantiles no conciban que el arte de hacer reír sea considerado por los adultos como algo despreciable. Su calva, sus pelos hirsutos y bermejos, su narizota cuadrada, su sonrisa de pasta blanca y aquel inolvidable llanto que terminaba como el aullido de un lobo, llegaban a subyugarme como ahora los hacen los bellos paisajes.Rivel nació en una aldea catalana después de una actuación callejera de sus padres, que eran titiriteros. El pueblo mantenía la distancia frente a los cómicos, pero a la madre de Charlie le ofrecieron el sobrado de una casa para que pariera. Poco después apareció el párroco con una gallina y cinco pesetas. Aquellos saltimbanquis no se olvidaron de bautizarlo, ni su abuela de prepararle para la primera comunión. En su infancia, el futuro rey de los payasos vio una y otra vez la muerte bajo las lonas del circo y en el carromato del que tiraba una vieja yegua alba. En vez de desesperarse, confió en la protección de la Virgen, a la que veneraba bajo la advocación de Lourdes. Cuando se hizo famoso, nada más comprar una casa a las afueras de París, mandó levantar un templete con esa imagen, a la que pidió la salud de los suyos (cuando uno de sus hijos recibió un disparo fortuito en la pierna, cuando estalló la Guerra, cuando llegaron los impagos y hasta la estafa de algunos socios). ¡Cómo le gustaría a la Madre de Dios la oración de aquel clown que utilizaba mímica en vez de palabras! ¡Con qué ternura observaría sus zapatones, la camisola roja, los pantalones caídos!… La fama no le impedía avanzar hasta la cueva de roca falsa para colocar, junto a la estatua de yeso, las alegrías y los sinsabores de la pista.
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