23 jul. 2010

A más de uno puede resultarle paradójico, pero los Reyes a quien más deben el éxito de su monarquía es a la revista HOLA, capaz de seguir con incansable fidelidad cada uno de sus movimientos, haciéndonos llegar siempre una mirada humana, cálida, familiar, del reinado. También Julio Iglesias ha basado buena parte de la cosecha internacional de su larguísima carrera en la compañía de la misma cabecera, que hoy es indisociable a los títulos de cada uno de sus álbumes. Lo mismo podríamos decir de Lady Di, que no sería un mito si no se hubiese cruzado con el semanario de Sánchez Junco para disfrazar su vida repleta de aristas. Son solo tres ejemplos –puede que los más granados de entre los miles que forman parte de su hemeroteca-, tres de los muchos que acompañan al imaginario colectivo de la felicidad, porque eso ha sido y es HOLA, un trasunto de la felicidad terrenal en el que hasta las amarguras se explican con una sonrisa.Eduardo Sánchez Junco fue un maestro a la hora de respetar la dignidad de todo el mundo, incluso la de aquellos que venden su intimidad al mejor postor. Se mantenía impasible cuando la oportunidad llamaba a su puerta con un escándalo. Su negocio era otra cosa, una empresa familiar. Por eso los miserables buscaban otros medios que ya nadie recuerda, dispuestos a vender la serpiente, por más que Eduardo fue capaz de comprar, sin darse ninguna publicidad, alguna información comprometida sobre aquellos personajes a los que tantas páginas había dedicado, para después tirarla a la papelera sin siquiera molestarse en leerla.

Fue hombre recto y bueno, que vivió con discreción una vida de éxito que a la mayoría no nos hubiera dejado indemnes. Tenía dinero, mucho dinero, pero no lo lucía a ojos de los demás. Incluso lo compartía sin que su mano derecha supiese lo que hacía la izquierda, mostrando a sus hijos cómo debe proceder una persona bendecida por la fortuna. De ahí tantos amigos tan fieles. De ahí el deseo de querer imitarle: en su sencillez, en su buen humor, en su manera de querer sin pedir nada a cambio.

Eduardo ha muerto como cristiano viejo: rodeado de toda su familia y de la corte infinita de quienes le admiramos, sin dramas y con enorme esperanza en la misericordia infinita de Dios.
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