5 ago. 2010

No deseo hacer filosofía de tres al cuarto, que es a lo máximo que puedo aspirar si me meto por los obtusos campos de la Ciencia de la Sabiduría, pero acabo de cumplir cuarenta años y no dejo de darle vueltas a esta contingencia inexplicable de la vida.

El tiempo es la más inquietante de nuestras realidades: vivimos un presente continuo que tiene fecha de caducidad, la del cumplimiento y consumación de lo previsto y lo imprevisto. A este deslizarse en la conjugación del presente continuo, un escritor podría dedicarle la totalidad de su obra, admirado de nuestra obcecación en descuidar el día a día a favor de un pasado que ya no existe y que, por tanto, no volverá; o de un futuro que, hasta para los metódicos y calculadores, es impredecible.

Todos los hombres y mujeres que admiro porque han supuesto un jalón para la Historia, vivieron desprendidos de las cadenas de los recuerdos y de la fábula de lo que aún no ha sucedido. Ciñeron su actividad -pública y privada- a lo que llegaba en cada momento, por más que no desdeñaran una lógica planificación de sus actividades, compromisos y del descanso. Al leerles, al escucharles y, en algunos casos, al tratarles, descubrí que su vida en presente les conducía a una paz estable con la que lograban zafarse de las angustias hacia lo desconocido (tan propias de las personalidades afectadas por la anticipación), plenos de una fortaleza que no lograban sacudir ni las malas ni las buenas noticias.Me viene a la cabeza una entrevista que mantuve con uno de los banqueros más influyentes de la España de la transición. La gente de la calle suponía que tenía una vida grandilocuente, como sus colegas en la presidencia de otras corporaciones, que no ahorraban gastos de representación en automóviles, barcos, viajes y estelares apariciones públicas. La persona de la que hablo, muy al contrario, huía del agasajo y prescindía de los apósitos que podrían interferir en su toma de decisiones (es decir: disponía de un solo coche, no tenía barco, apenas viajaba y evitaba las reuniones de sociedad). Durante aquel encuentro, apareció uno de los bedeles del banco con el rostro desencajado. “Don Luis”, le dijo, “ha muerto fulanito de tal”. El banquero permaneció unos instantes en silencio. Después alzó sus ojos claros y observó al ujier con simpatía. “Ese menganito de tal era mayor, ¿verdad?”. “Sí, claro; usted le conocía bien; tenía un montón de años”, respondió su ayuda, aún con el rictus encogido por un dolor algo teatral. “Y estaba enfermo, ¿cierto?”. “En efecto, don Luis; sufría una dolencia muy mala”, añadió el bedel. “En ese caso, lo normal es morirse”, comentó con una sorna ligera para regresar, de la misma, allí donde habíamos dejado nuestra charla en suspenso.

Cumplir cuarenta años es llegar a la mitad de la vida, por más que nadie tenga aseguradas las ochenta velas sobre la tarta de un lejano cumpleaños. Y aunque nuestra sociedad viva disfrazada de una perpetua y falsa juventud, los cuarenta son una entrada obligada a la madurez, a la serenidad, a la reflexión, al examen.

En el pasado intangible se me pierde la infancia y aquella primera juventud en la que aprendí que el mundo no es del todo bueno porque los hombres llevamos dentro la espina de nuestra soberbia. En mis recuerdos quedan también los más bellos descubrimientos que me deparó este inmenso don al que llamamos vida: el amor, la familia, los amigos, el trabajo, mis aficiones, la naturaleza... También mis errores. Y el nombre y la memoria de quienes quise tanto y murieron, el ejemplo de los que me enseñaron que cada día es una oportunidad para intentar hacer las cosas un poco mejor. Porque el tiempo, ese presente continuo sobre el que nos movemos, es un monstruo que devora con el olvido casi todos nuestros afanes (el dinero, la ambición, el poder, la fama...), pero al que se le atragantan nuestros ideales, especialmente el empeño que ponemos para que la existencia de quienes nos rodean sea más fácil; el esfuerzo para que la felicidad circule a nuestro alrededor como la electricidad; la tenacidad en que no haya nadie que pueda quejarse de que no tuvimos interés en atenderle y compartir sus alegrías y dolores.
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