25 sept. 2010

Los cristianos no solemos tener presente que el amor a la patria forma parte de las obligaciones a las que nos sujeta el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, obligaciones que caminan a la par que la moral natural. Resulta lógico que se pueda trazar una línea directa desde la honra a los padres hasta el afecto a la patria, ya que ésta no deja de ser una imagen enriquecida de la propia familia, es decir, de los lazos que nos unen a los individuos con los que compartimos historia, fe, cultura, afectos, proyectos, desilusiones y esperanzas.

En España, por desgracia, cargamos con el pecado de las banderías y hablar de patria (después de tantos años de aquella contienda en la que se vieron sumidos nuestros abuelos) tiene un matiz partidista, como si el patriotismo fuese una cuestión del color político con el que nacemos por virtud o defecto de nuestros ascendientes. Me provoca tristeza comprobar que después de tantos años de convivencia pacífica, sigamos relegando la bandera para festejar eventos deportivos, porque de habitual la escondemos, como avergonzados, tal vez porque aquellos a los que otorgamos nuestra representación prefieren no aparecer en las fotos demasiado cerca de las franjas rojigualdas.Acabo de regresar de los Estados Unidos y allí, en un parque de atracciones, los gringos me han dado una gran lección. Antes de que comenzara un espectáculo cuasi circense en un acuario, el presentador no tuvo empacho al evocar a “nuestros héroes”. Se refería a los soldados que están en primera línea de batalla en Afganistán; a los que continúan en Irak y en otras zonas calientes del planeta, convencidos de estar sirviendo a la bandera de la barra y las estrellas con la que muchos de ellos -¡ay!- regresan cubiertos dentro de un cajón. Después de una ovación atronadora por parte del público, el speaker solicitó que se pusieran en pie los parientes de los soldados que allí se encontraran. Se fueron levantando en uno y otro lugar de las gradas, envueltos por otro aplauso atronador.

Nuestros soldados están en los mismos frentes de batalla, salvo en Irak y por razones de sobra conocidas. Sin embargo, para ellos no hay consideración alguna de heroísmo ni homenajes públicos (tampoco a sus familiares), salvo cuando regresan –ay, ay- cubiertos por nuestra enseña dentro de un cajón. Hoy por hoy son nuestro mejor ejemplo de patriotismo, como todos los asesinados por ETA, pero los escondemos bajo la alfombra, como la suciedad.
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