2 oct. 2010

Lo del fútbol viene de lejos, aunque antaño se deseaba participar de una jugada maestra (un gol de cabeza, digo yo, que de estas lides no entiendo apenas nada) o viajar fuera de España y ver un poco de mundo con la excusa de enfrentarse a un equipo extranjero. Y el domingo, sí, era un hervidero de expectativas, alegrías y decepciones, muchas veces trabajadas con la imaginación, como aquel abuelito que acudía a la andanada de sombra de Las Ventas con la almohadilla hinchable en una mano y el transistor en la otra, dispuesto a no perderse los naturales del Niño de Algete ni las acometidas de su Atlético del alma, al que siempre le daba por encajar una goleada. Si en la novillada se aburría porque los del Conde de Mayalde barbeaban mansamente las tablas, capaz era de cantar la alineación del año cuarenta y seis –por poner una fecha- para restregarle al vecino de localidad las efemérides de aquellos jugadores entre los que él podría haberse alineado si la esquirla de una bomba no le hubiese jorobado, maldita sea, la rótula durante la contienda civil. Y si lo que le aburría era el fútbol porque Casquerito de Badalona estaba más tiempo sobre los lomos del morlaco que de pie, apagaba aquel reproductor de sonidos y se echaba una apuesta acerca de cuántos minutos tardaría el novillerete en visitar la enfermería.Así que viene de lejos, me reafirmo, lo del fútbol, por más que nuestra liga tenga hoy medidores de gloria bien diferentes a los de aquel jubilado que gritaba “¡Gol!” entre serie y serie de El Canarillo, sobre todo porque los partidos –y más si se trata de un derby- ya no se escuchan a través de la perilla de un transistor al que se le gastan la pilas sino que se presumen a pantalla completa del i-pad cuando no se degustan entre ostras deconstruidas, cómodamente arrellanado en el palco que antes calentaban los empresarios del ladrillo, esos de los que ahora todo el mundo reniega (finis gloriae mundi homini, que cantaba Mecano). Y es que la tramoya del fútbol de esta década sabe a caso Malaya, a bótox, a declaración insulsa del más insulso de los entrenadores de segunda B, a amante tercera por línea paterna de ese delantero cuya compra (como si fuese carne de matarile) costó una friolera de millones de euros que no soy capaz de traducir a nuestra vieja y añorada peseta.

Por eso el inicio de cada Liga me produce un sopor gris, como de puré de guisantes, como de miércoles, día que no trae ni la novedad del lunes ni las ganas de respiro de cuando se acerca el fin de semana, empeñados como estamos en aliñar lo auténtico, lo que merece la pena discutir, con la nadería de seis días que prologan la siguiente jornada futbolística.
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