25 sept. 2010

Tenía doce o trece años cuando cayó en mis manos un disco homenaje a Víctor Jara. Por aquel entonces desconocía quién era el cantautor chileno. Por tanto, tampoco sabía que durante el golpe de Estado del general Pinochet, fue detenido, torturado y asesinado como si con su desaparición pudiera desactivarse la voz de quienes piensan distinto. Aquel LP combinaba canciones escritas e interpretadas por el propio Jara, con toques de guitarra que evocaban los timbres de aquellas tierras andinas. Sólo había un tema escrito y cantado por otro artista, José Antonio Labordeta, a quien tampoco conocía. El cantautor aragonés desgranaba una elegía hermosísima que me dio que pensar. <<Si alguna vez pierdo a un amigo en circunstancias injustas, quisiera despedirle con estos mismos versos>>, me decía en las quimeras de mi última infancia.

Con el tiempo les puse rostro a Jara y a Labordeta. El del chileno me evoca el tiempo terrible en el que la utopía marxista quiso apropiarse de las injusticias que laceraban Iberoamérica, el tiempo terrible en el que la utopía militar respondió a esa apropiación utilizando la maquinaria del terror. El del zaragozano, el de un hombre de gesto adusto y protesta continuada. Porque Labordeta protestaba en todas sus canciones, en todos sus discursos, negándose a sacar de su mochila el poso amargo al que conduce sin remisión el materialismo de quien sólo cree en paraísos terrenales de justicias humanas. Como esos paraísos nunca llegan y esas justicias son imposibles, el comunista no puede reblandecer el rictus. Y así, la vida sólo conduce al despeñadero de la nada.Sin embargo, el recuerdo de aquella canción dedicada a Víctor Jara sigue confortándome con su fuerza de dolor auténtico. Siento que ni Jara ni Labordeta renunciaran a una ideología estéril, por más que a José Antonio le imagine en sus andurriales incapaz de hacerle daño ni a una mosca, como esos perros ladradores que después buscan refugio con el rabo entre las patas o esos profesores gruñones que enseñan a base de amenazas, pero a los que se les reblandece el corazón ante la ignorancia de sus alumnos.

Repito estas palabras
con voz que se me escapa
a sitios donde crecen
el crimen, la amenaza,
la fiera soledad
de los que a hierro matan.

Pienso en la ultima tarde
cantando tus canciones
frente a la gran montaña,
Pienso en tu muerte sucia
batido por los golpes,
los gritos y las balas.

Escucho tus silencios
largos como la lluvia
regresando a tu casa.
Repito tus caminos
tus ojos, tus mañanas,
perdidos por el agua.

Grito tu voz clavada
contra el alma desnuda
levantandose izada
como un toro que surge
en una tarde clara
frente a la tierra parda.

Repito estas palabras
con voz que se me escapa
a sitios donde crecen
el crimen, la amenaza,
la fiera soledad
de los que a hierro matan.

Pienso en la ultima tarde
cantando tus canciones
frente a la gran montaña
Pienso en tu muerte sucia
batido por los golpes,
los gritos y las balas.
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