30 oct. 2010

Aquella madre calló ante sus hijos los quince años de infidelidades de su esposo, al que apodaban “El palomo” por lo abultado de su musculoso pecho. De noche, cuando dormían confiados, el hombre infiel acudía con su amante a las cantinas de Guanajuato, en México, para ganarse unos pesos rompiendo caras a golpes. Pegaba por encargo y aquellas palizas apenas le dejaban una liviana espuma amarillenta sobre la conciencia. No en vano, desde joven jalonaba su pecho con la muerte de un hombre. Acabó con él a machetazos sobre una presa y se justificó con que se trató de una venganza: la pandilla de aquel tipo había asesinado a todos sus primos por un asunto relacionado con el narcotráfico.

Calló quince años de humillaciones, de borracheras y de cama vacía que disfrazaba ante los niños con una sonrisa y un ruego sempiterno de que “rezaran por papá”. Pero sus hijos ya no eran pequeños; debían saberlo por más que se les hundiera el mundo, porque su papá era bronco, sí, pero fuerte como las Columnas de Hércules. Un padre del que se podía presumir -a pesar de que apenas hablara en las reuniones familiares y respondiera a su mujer con desprecios-, ya que la cicatriz de una hoja de metal le recorría el abdomen como el zarpazo de un león.
Los hermanos decidieron ganarse la conversión de su padre con sacrificios silenciosos. Hasta que no despidiera a su amante, hiciese las paces con Dios y con su esposa, no volverían a probar el agua caliente. Fueron tres años de duchas heladas y oraciones en común. 

El segundo de ellos me contó que una mañana recibió una llamada telefónica: “Te voy a dar dos noticias”, le dijo su padre, “una mala y una buena. Empiezo por la buena: aún no me voy a morir. La mala es que me han detectado un cáncer incurable”. 

Meses después, casi moribundo, les pidió a sus hijos -aquellos mismos niños que dormían plácidamente durante sus noches de farra- que le llevaran un sacerdote al hospital en el que agonizaba. Fueron tres horas de confesión. Y como era bravo, entre lágrimas decidió sumar a la penitencia impuesta por el cura –una breve oración a cambio de tantos pecados- lo que más le costaba: pedirle perdón a su esposa y rechazar el uso de calmantes.
Murió en compañía de toda su familia, consumido de amor y dolor, mientras rezaba un rosario con la imagen de la Virgen de Guadalupe.
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