5 nov. 2010

Noviembre es el mes dedicado a los difuntos. Por influencias norteamericanas de raíces irlandesas, lo comenzamos con el inocente juego de Halloween, cada vez más incardinado entre las costumbres de nuestros hijos, que eligen para la ocasión disfraces de vampiros, de fantasmas, de zombis… De muertos, en suma, por más que sean muertos de risa. A la mañana siguiente, en las puertas de los cementerios se colocan los vendedores de crisantemos dispuestos a hacer su agosto otoñal, y en muchos camposantos se adecentan los panteones y se les da una lavada a los nichos al tiempo que se añora la ausencia de los familiares, de los amigos que crían malvas invisibles, e incluso elevamos una oración para que Dios tenga misericordia y les regale el deleite del Paraíso.

Salvo este paréntesis de noviembre, en nuestro vivir moderno la muerte apenas tiene cabida, tal vez porque vamos demasiado deprisa, centrados en el hoy y el ahora; tal vez porque consideramos una pérdida de tiempo dedicar un solo pensamiento a algo de lo que todo hombre sueña librarse; tal vez porque la muerte nos distrae de nuestro bienestar al recordarnos que el tiempo es finito, demasiado finito aunque se supere la barrera de los cien años, y no queremos que nos hormiguee la conciencia.En un viaje que realicé a Brasil, recibí el encargo de un médico amigo, apasionado por la antropología. Estaba preparando un estudio sobre la percepción de la muerte y le interesaba conocer las costumbres cariocas al respecto. Recuerdo el rubor con el que entré en una librería universitaria de la ciudad de Brasilia, como si fuera en busca de algo proscrito. A fin de cuentas, la muerte tiene mucho de incorrección cuando uno está de vacaciones; en esos paraísos construidos para el deleite y el descanso no existen los cementerios, como no existen en las barriadas nuevas que abrazan las grandes ciudades de nuestro país, quizá para no manchar las “vistas maravillosas” que nos prometieron el día que visitamos el piso piloto.

Sin embargo, la muerte es la celada segura en la que todos pondremos el punto y final, lo que terminará por hermanarnos –pobres y ricos; de derecha, centro o izquierda; hombres y mujeres; sin que importen la raza o las creencias religiosas-, por más que cada vez nos pasen más desapercibidos los coches fúnebres entre el habitual atasco.

Olvidamos que la cultura, para ser auténtica cultura (y, por tanto, la sociedad para ser verdadera sociedad) necesita una manera propia y reconocible de enfrentarse a la muerte. Basta un vuelo de altura sobre la Historia para darnos cuenta de que los pueblos y civilizaciones que nos han precedido decidieron escoger una forma de enfrentarse a las realidades de ultratumba, porque intuían que el más allá tiene una ligazón demasiado intensa con este lado de la escena como para permitirse el desaire con que ahora le castigamos.

Darle la espalda a la muerte es un engaño tan grave como travestirla de pasatiempo inicuo. Debemos aprender a convivir con ella, a mirarle a la cara. Solo así podremos intuir una respuesta a las sempiternas preguntas sobre nuestro origen y nuestro destino.

Nos inquieta que no exista un solo individuo que haya logrado zafarse de sus garras. Sin embargo, cuando se tiene la oportunidad de acompañar a alguien en sus últimos momentos, logramos desdramatizarla. A todos los moribundos les ha sobrecogido la angustia propia de quien no quiere desprenderse de la carnalidad porque, a pesar de los pesares, la vida es un regalo continuamente actualizado. Sin embargo, cuando se comprende que ya no cabe la marcha atrás, que la existencia se pierde sin remisión, el recuerdo de otras muertes (casi todas acompañadas por el consuelo de una fe prendida en el corazón) aviva la esperanza de que nunca estamos solos, ni siquiera en ese trance último; que se nos tiende una mano -invisible para los ojos acostumbrados a lo contingente- que nos conducirá a la eternidad.
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