15 oct. 2010

Admiro a los familiares que son capaces de sacar adelante un negocio, porque entre tanta intimidad es imposible acallar los enfados y muy fácil dejarse llevar por la pasión de la sangre. Si ese negocio, además, tiene que ver con la creación artística, en el momento del triunfo el ego puede arruinar la fraternidad en menos que canta un gallo; y en las derrotas resulta natural echar sobre los hombros del más cercano las culpas que deberían cargar los propios. Por eso me quedo embelesado cada vez que tengo ocasión de acudir a un concierto de Materia Prima -tres hermanos- o de escuchar cualquiera de sus discos. A la armonía propia de su música suman el talento que les bulle por la sangre y una complicidad repleta de reconocimientos mutuos. Se quieren y comparten ese cariño con el público, que cuando les acompaña acaba con la sensación de llevar también el apellido Fernández Valderrama y de apropiarse –al menos con el deseo- de las destrezas de Juan a la guitarra, de las de Pedro al teclado y de la voz incomparable de Mónica, que lo mismo se rompe en una ranchera que te hace llorar con “Aquellas pequeñas cosas” de Serrat.Mónica no esconde una gravísima enfermedad que le acompañará de por vida, capaz de deformarle el rostro cuando le castiga con un nuevo brote, por más que su profesión se sostenga no solo en su voz generosa sino en su físico cada vez que sube a un escenario. Ha aprendido a sufrir y a no sentir vergüenza de su sufrimiento, en ocasiones insoportable, como si el dolor fuese el préstamo que Dios le hace de uno de sus tesoros preferidos. Por otro lado, Materia Prima ha decidido ligar su carrera musical a otro dolor, el de los inocentes: conocieron Fundación Madrina y desde entonces no se cansan de apostar por las mujeres estigmatizadas por vivir un embarazo en soledad. Estos tres hermanos sí que saben de violencia familiar porque con frecuencia acompañan las horas amargas de mujeres que han sido violadas, rechazadas por aquellos hombres que juraban quererlas y que, sin embargo, las han abandonado en cuanto han sentido el pálpito de una nueva vida. Al testimonio salvaje de la humillación, del rechazo, de la soledad, Juan, Pedro y Mónica han querido disfrazarlo con el compás de sus canciones, que empapan los pisos de acogida con la lluvia fina de la música.

Aunque el talento no siempre recibe el premio de la gloria, Materia Prima se sabe pagada con la piel sonrosada de esos niños que vienen al mundo envueltos por un piano, una guitarra y una voz incondicionales, que nunca dejarán de acompañarles.
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