13 nov. 2010

El suicida había abierto de par en par las ventanas del dormitorio. Le separaban unos pisos de la calle, suficientes para acabar de una vez con tantos años de sufrimiento. Entonces se abrió la puerta –el doctor había recibido una llamada hacía unos minutos: la hermana del suicida sabía que el chico estaba al límite de sus fuerzas psicológicas)- y apareció Jesús Poveda, que no había tenido tiempo ni de quitarse el casco de la moto. “¿Quién eres?”, preguntó el suicida. “La hormiga atómica”, respondió en una salida muy propia del genial médico, “y he venido a salvarte”. Fue tal la extrañeza del enfermo, la seguridad de que se encontraba ante el más extraño de sus delirios, que se confío en aquel trasunto de dibujo animado y bajó de la mesa que le iba a servir de fatal trampolín. Meses después ya no era un suicida; ni siquiera un enfermo mental sino un hombre que comenzaba a resolver su vida con la sensación de que es el más apasionante de los juegos.“Con la vida en los talones” (Jesús Poveda y Silvia Laforet, editorial Espasa), ha sido el penúltimo gran regalo que he recibido. La anécdota de la “hormiga atómica” es sólo una pincelada de lo mucho que he aprendido, sobrecogido por la emoción, de los testimonios que presentan sus páginas, hombres y mujeres derrotados, a punto de la claudicación, que resurgen de sus cenizas gracias al bálsamo del amor. Poveda no se rinde en su batalla por defender la vida, todas las vidas, especialmente aquellas a las que injustamente han despojado de su dignidad. Si están pasando un mal momento anímico, recupérense con su lectura. Si conocen a alguien hundido, regálenselo como medicina eficacísima.

Y de vida, de los sueños con los que se teje la vida, trata “Vivir para siempre”, el último de los regalos, una película que me ha hecho llorar de tristeza, de alegría y de emoción, al tiempo que me confirmaba en mi vocación de esposo y padre. Demasiado para dos horas de cine. Pero es que la historia se paladea una vez que se ha echado el telón, cuando recapacitas sobre el valor de su protagonista, un niño enfermo que no se rinde ante el desafío de hacer de cada jornada una aventura. Me quedo con una reflexión de su abuela: “Somos orugas que van tejiendo un capullo de seda que se rompe con la muerte, instante en el que echa a volar la más bella de las mariposas”.

Jesús Poveda y Silvia Laforet con su libro, y Gustavo Ron con su película me han obligado a mirarme adentro para después elevar la vista al cielo y pronunciar un sincero “gracias”.
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