19 nov. 2010

No escondo que mi infancia tuvo lugar entre los compases amargos de otra crisis mundial –aquella fue la del petróleo- y los impagos sucesivos a los que se vio sometido mi sufrido padre, razón por la cual, a pesar de que me reconozco niño feliz, vestí con recurrente frecuencia ropajes que habían utilizado antes mis hermanos y que, a su vez, ellos habían heredado de nuestros primos mayores. Cuando aquella ropa llegaba a mí (desventajas de formar parte de una familia en la que caben más de un centenar de parientes directos), no me quedaba otra que aceptar los pantalones y jerséis protegidos por rodilleras y coderas, y muchas veces remendados, restos de viejas colecciones que terminé por ligar a mi propio crecimiento junto al del largo de los vaqueros que se estiraban como el chicle, al ritmo de mis huesos.

Qué le iba a hacer; soy el menor de cuatro hermanos y miembro de la penúltima hornada de primos, lo que me carga de argumentos al aseverar que las familias numerosas son la mejor escuela de supervivencia. Los más pequeños, por ejemplo, estuvimos imposibilitados para elegir aquellas prendas que nos gustaban cada vez que nuestra madre aparecía con el maletón de las herencias, pues o nos quedaban grandes o nos topábamos con la barrera de nuestros hermanos, prestos a disfrutarlas, terminar de gastarlas y hasta romperlas antes de que aparecieran en la única balda del armario que, durante años, tuve asignada.El modelo de educación al que nos obligaron las circunstancias ha llegado a forjarme un singular carácter, desafectado respecto a la ropa, especialmente ante las marcas. Nada me importa ponerme la ropa que antes perteneció a otra persona. Sin rubor, hasta he logrado encontrar en las herencias una oportunidad ante la para mí siempre engorrosa tarea de salir de compras (nada hay más triste que un hombre ante el ropero de un almacén, con los brazos cargados de pantalones y camisas mientras su esposa, bien cerca, le alecciona sobre lo que le sienta o no le sienta).

Como en el tango, me he acostumbrado a esperar los bienes que desechan los demás mientras el mundo ¡yira!…, ¡yira!... Mucho tuvo que ver el papel de aquella madre empeñada en que fuesen mis pies los que se acomodaran a los mocasines de segunda mano y no al revés. Su manera de aprovechar las cosas me empuja hoy a buscar un destino para los restos de mi armario que aún conservan cierta prestancia, convencido de que siempre hay alguien que podrá sacarles provecho. Y como con la ropa, hago lo mismo con los juguetes de mis hijos y hasta con los libros, que para un escritor deberían ser material sagrado pero que se convierten en un engorro cuando ya no hay lugar para acomodarlos y están requeteleídos.

De las novelas de prestado, aquellas que también se heredaban o que se adquieren a precio de saldo en los mercadillos, aprendí que no solo los textos están llamados a sorprendernos, pues muchas veces me sobrecogen más los guiños de vida que sus viejos lectores dejaron prendidos entre sus páginas. Una foto, una línea subrayada, una anotación a lápiz, la marca de una interrupción en la lectura, la arruga inconfundible de una lágrima, un marcapáginas amarillento, un billete de autobús… evocan que nuestra existencia viene marcada por distintos jalones entre los que no son menos importantes las novelas que nos acompañan en cada momento.

También la ropa puede ser un hito, especialmente aquella heredada que hoy miramos con asombro en alguna vieja fotografía, más por la mansedumbre con la que nos dejábamos vestir con lo que otros ya no querían, que por los cortes que ya no se llevan y que a nuestros hijos -ahogados como están por el consumismo- les producen una socarrona carcajada.
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