26 nov. 2010

Llevaba años cuidando de aquella caja que contenía su vestimenta postrera. Al llegar el mes de mayo, la abría para colocar unas bolitas de alcanfor que la preservaran de la polilla, no fuera a deslucir, frente a quienes se congregaran en su velatorio, algún agujero durante tan santo final. Quienes la conocían y trataban de continuo -el párroco, las mujeres del Rosario de siete y media, la asistenta social-, sabían que una de sus últimas voluntades, además de las misas gregorianas en favor de la salvación de su alma, era pasar al otro mundo ataviada con la ropa que contenía aquella caja que guardaba en uno de los altillos del armario de su alcoba.

Y llegó, al fin, la mañana de su deceso. La asistenta social la descubrió en la cama, fría y amarilla, con los miembros doblados y las articulaciones duras -pronto le venció el rigor mortis-, apenas hundida en el colchón de lana que desde hacía muchos años nadie golpeaba con una vara para desapelmazarlo, igualita a las alondras muertas que parecen haberse quedado pegadas al asfalto.La asistenta, conocedora del capricho de la finada, colocó una banqueta junto al armario de la habitación y sacó una caja de cartón blanco. Al abrirla, se llevó una sorpresa. Lo último que podía imaginarse en una señora tan fina, era su deseo de yacer para siempre con un alegre vestido de faralaes, con sus lunares y volantes. Encogió los hombros y le sacó el camisón para embutirla en el traje de sevillana. Por decoro, después de pegarle el cabello con agua azucarada y peinarla con raya en medio, le entrelazó un rosario de coral entre las manos. Dudó si pintarle las uñas, cuyo tono cerúleo desentonaba con la fiesta del rojo y el verde de las vueltas y revueltas de la falda.

El cura casi se llevó un soponcio al acudir para incoar un responso. Extrañas voluntades las de aquella buena mujer.

Una vez sepultada, enterrada con las trazas de una folclórica, sus sobrinos comenzaron a vaciar la casa. Al fondo del altillo hallaron otra caja de cartón blanco que, al abrirla, les descubrió un hábito pobre, de basta tela marrón, junto a un cíngulo. Y en la pechera, cosido el emblema de la cofradía del Cristo de la Buena Muerte. Nadie se atrevió a exhumar el cadáver para cambiar el aire de fiesta por el de compunción. El cura decía, a modo de excusa, que la mujer debió de entrar en el Cielo sacudiendo un alegre zapateado.
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