3 dic. 2010

Dada la confusión de los últimos meses, me atrevo a lanzar un consejo: necesitamos volver a los orígenes del tercer milenio y repasar la Carta apostólica que redactó Juan Pablo II ante la llegada del año 2000, meta de su pontificado. Tal vez los laicos nos demos cuenta de que nuestro reto es buscar una nueva pedagogía del matrimonio, porque urge pasar página a estos años en los que muchos compromisos entre gente buena no superan los fastos del día de la boda, como si fuesen una bolsa de chucherías en manos de mis hijos (quienes siempre comentan, mientras saborean el último caramelo, “Lo peor de las golosinas es que se acaban”).

Conviene no tirar en saco roto el empeño de los últimos papas en mostrar el ejemplo de tantos cristianos que se ganaron con creces la gloria del Cielo. El santoral se ha multiplicad con todo tipo de nombres, aunque seguimos necesitando a unos esposos “normales” elevados a los altares, concisión de esa pedagogía sobre los secretos de la felicidad familiar.Ha caído en mis manos la biografía “Historia de un matrimonio: María y Fernando” (Ed. Rialp), escrita por tres de sus siete hijos. Fernando fue empleado en una fábrica de harinas y María, ama de su casa. No hubo durante su vida en común nada digno de ser noticia en televisión y, sin embargo, se desgastaron hasta el último momento el uno por el otro, al tiempo que hacían de la oración y la piedad eucarística el tronco de su estabilidad familiar. Sin que nadie lo supiera, Fernando Crespo llevó a cabo una intensa labor caritativa en la ciudad de León, caridad que daba comienzo en los trabajadores de la fábrica, que se extendía a los pobres atendidos a través de las Conferencias de San Vicente de Paúl y continuaba en las gestiones necesarias para que las carmelitas pudieran fundar su propio monasterio en la antigua capital del Reino. Al mismo tiempo, María se ocupaba de la caridad familiar, que no es otra que entregarse a cada hijo según su necesidad particular, fortalecer la piedad de sus amigas e inundar de alegría calles y comercios.

El matrimonio Crespo, por petición de las monjas y dispensa pontificia, reposa en el Carmelo de León. Es pública su fama de santidad y visibles sus frutos: dos de sus hijos son sacerdotes. No quiero decir que el sacerdocio de los hijos sea condición para subir a los altares, aunque cada día tengo más claro que las vocaciones florecen en esos hogares que no dejan de ser trasunto de la casa de Nazaret. Y es que es el hogar de Nazaret el calidoscopio por el que debemos mirar todos los esposos que deseamos convertir nuestra aventura matrimonial en un éxito.
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