10 dic. 2010

Pocas ocasiones ofrecen tantos lugares comunes como la Navidad. A veces me invade la sensación de que en el par de semanas que duran las fiestas, decidimos hacer una tregua para vestirnos de frases hechas y felicitaciones de catálogo, a veces con la misma desgana con la que los operarios municipales colocan, a principio de mes, las ristras de luces y las estrellas que llenan de colores las noches de nuestra ciudad. Por eso me tienta hacerme trasgresor, convertirme en una especie de guerrillero invernal dispuesto a hacer trizas las felicitaciones impresas en serie o aquellas en las que se adivina, a pesar del mal pulso de quien se ha visto obligado a escribir una miríada de tarjetones, un desapasionado “Te deseo unas muy felices fiestas”.

La Navidad no la justifica una bola de cristal de colores impresa en el margen inferior derecho de un canal de televisión, ni siquiera el timbrazo de los basureros –el pasado año, el primero aporreó mi puerta a finales de noviembre. Me malicio que se trataba de un buscavidas que, aprovechando que los sábados al mediodía el gremio descansa, se enfundaba un uniforme robado para “felicitar las pascuas y solicitarle un amable aguinaldo”- o el canto monocorde de los niños y niñas de San Ildefonso, con su consabida lluvia de millones en un juego en el que siempre gana el Estado.Tampoco respaldan la Navidad los anuncios burbujeantes de señoritas disfrazadas con leotardos dorados, o la cascada de publicidad de perfumes, como si durante el resto del año los mortales no gastásemos en pachulí. Como no la acredita la publicidad de juguetes que tanto nos hace sufrir a la mayoría de los padres cuando revisamos los precios en el catálogo que -tan amablemente- un gran almacén cuela en todas las casas por las que corretea un niño. La Navidad no se consigna con la subida del cordero lechal, del besugo ni de otros platos de temporada con el que, en diciembre, los tenderos tratan de balancear otro año estrepitoso. Ni siquiera el turrón que tanto me gusta, los mazapanes –lo siento, pero me gustan menos-, el guirlache, los polvorones, mantecados y peladillas avalan que en este preciso momento todo el mundo ponga cara de pánfilo, como si nunca hubiese roto un plato.

Hay quien se huele la llegada de la Navidad por la emisión de algún recordatorio televisivo sobre la programación de “La gran familia” o de “Qué bello es vivir”, o por el sonido de unas burlonas campanillas, o por el tráfico apelmazado que convierte en un suplicio desplazarse de un lugar a otro, o por la proliferación de odiosos gorritos encarnados de dormir ceñidos con una banda lanosa y rematados con un pompón de algodón, o por los estallidos de petardos (ruido, siempre ruido), la guasa de los matasuegras y las serpentinas, o por las inevitables funciones escolares en las que todos los papás están dispuestos a llegar hasta el suicidio con tal de sacarle una fotografía al mocoso disfrazado de pastorcito. Y no, tampoco esos olores, aunque parezcan de confitura, le dan cuerpo a la Navidad.

La Navidad sólo la justifica el misterio, el silencio, la contemplación, el asombro…, que conducen a una alegría pausada y desbordante a la vez, que tan bien casa con bolas de colores, propinas, comidas de empresa, loterías, champanes, perfumes, regalos, dulces, películas, músicas, disfraces, fiestas y representaciones. La justifica un Niño. Y unos padres. Y junto a ellos las familias de todo el planeta. Y aquellos que ya no están y a quienes hacemos un hueco –siempre melancólico- con la esperanza del reencuentro. Y los que han llegado durante el año, dormidos y ajenos en sus sueños de algodón a la hipocresía de un mundo en el que todo está cosificado, pautado, legislado, como si pudiera resultar insultante que usted y yo, por poner un ejemplo, quisiésemos vivir la Navidad todos los días del año.
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