17 dic. 2010

En casa tenemos la suerte de contar con la ayuda de Presi, una maravillosa mujer filipina que no entendía nuestra demora a la hora de sacar del trastero los adornos navideños. Cuando, después de la Inmaculada, comencé a subir las cajas por las que asomaban las tiras de espumillón, me observó displicente antes de informarme de que en su país –tan religioso como festivo- aguardan el nacimiento del Niño desde mediados de noviembre. Casas y calles se convierten en una explosión de esperanza colectiva en el pobre archipiélago, donde la imaginación suple la falta de medios y las aldeas y las barriadas deciden unirse para que la bondad alcance a todo el mundo sin tener en cuenta asuntos pecuniarios. Porque en Filipinas, como en la mayor parte del mundo, la Navidad no es una fiesta de gastos sin medida sino la ocasión de reunirse en familia, con la vecindad, con el pueblo para festejar un misterio que deja en nada el mejor de los trucos de Houdini. Se cocinan platos tradicionales, se reza, se canta, se juega a los naipes, los niños realizan funciones teatrales ante los parientes, se toman dulces a todas horas, se acude a la Misa del Gallo, se besa un niño de barro o madera, se hace el propósito de mejorar, se comparte incluso aquello que no sobra y se encienden luces: una y mil, incluso millones aunque sea con el cabo de una vela porque se carece de fluido eléctrico.Los ojos almendrados de Presi hicieron chiribitas, que evocaban colores de infancia, cuando mi mujer prendió la ristra de bombillitas con la que hemos vestido el abeto sintético que acabamos de comprar en los chinos. Ese juego de luces dispone de un sencillo motor que ofrece una posición desde la que comienzan a sonar villancicos con una tonalidad que hace daño al oído. Pero a mis hijos no les importa, ni a mi mujer ni a Presi, que van de acá para allá poniendo voz a la música electrónica e incluso son capaces de taparla con los versos sencillos de canciones que hablan de angelotes, de pastores buenos, de chocolate y de los calzones de san José, que siempre los he imaginado de tela de arpillera, pobre José…

En casa ha llegado la Navidad sin necesidad de que nos lo recuerden esos anuncios televisivos de perfumes, tan horteras; sin que hayamos comprado un boleto de lotería; sin que hayamos visto a Shakira brindando con un cava de medio pelo. Nos la ha traído la filipina y la evocación de sus navidades pobres. Nos la ha traído la expectación de los niños, deseosos de que Jesús nazca en un lugar un poco más confortable gracias a sus pequeñas renuncias.
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