24 dic. 2010

En su colegio hay una Virgen de singular advocación. Le llaman la Virgen del Sí, y a ella se encomiendan las alumnas. Celia, desde bien chica, se acostumbró a utilizar este adverbio de afirmación y suma cada vez que se sentía interpelada en lo más hondo de su conciencia. Por eso, con motivo de su primera comunión, en el candor de sus ocho años, prometió a su “Señor Jesús” mantener el afán de “decirte siempre que sí”. Un sí que durante algún tiempo se concretó en detalles pequeños que a los demás pasaban inadvertidos, por más que sus padres intuyeran que aquella hija había venido al mundo con un don especial que se traducía en una alegría continuada, una disposición a colaborar en los pequeños quehaceres familiares y una tendencia a buscar momentos de soledad para encontrarse con Aquel que le exhortaba a responder, una y otra vez, con un sí que terminó por no conocer el miedo.El sábado pasado, víspera del cuarto domingo de Adviento, Celia de la Eucaristía tomó los hábitos de carmelita descalza en el convento de San José, el primer monasterio que refundó Teresa de Jesús y en el que se sigue respirando el altísimo ideal con el que soñó la santa de Ávila para sus hijas. Durante la ceremonia, en la que el calor de la gracia logró derretir el frío incrustado al granito, Celia se despojó de todas las ligaduras con su vida pasada para vestirse de obediencia, virginidad y pobreza. La comunidad ciñó su cabeza, velada todavía en blanco, con una corona de flores digna de una reina dispuesta a desposarse con quien habla bajito para no violentar la libertad de los que deciden amarle. Sus pies descalzos, cubiertos por el vuelo del sayal, recorren ya las laderas de un monte de renuncia que escandaliza al mundo de los iphones, de las horas extras, del baile enloquecido, del gintonic, de las curas de adelgazamiento, del facebook, del ruido ensordecedor que nos impide escuchar la voz más dulce, el susurro de quien es Rey de la Historia y anhela entregarnos el bálsamo de su consuelo, la heredad de su felicidad sin término.

Celia de la Eucaristía solicitó, con el timbre bellísimo de su voz joven, formar parte del corazón de la Iglesia, que bombea desde intramuros la sangre de la gracia que nos hace vivir, lograda con su oración, penitencia y alegría. Y como única súplica, rogó a los familiares y amigos que le acompañamos en el trascendental momento, que bajáramos el volumen de nuestras pequeñeces diarias para tratar de escuchar las solicitudes del Cielo que anhelan nuestros “síes”.
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