29 ene. 2011



Me confesó que su perdón brotó como consecuencia de una inspiración divina, porque ni el cuerpo ni el espíritu le pedían abrir la puerta de casa a aquel hombre, después de siete meses de aventura. Su marido no sólo había llevado la empresa familiar a la ruina sino que decidió caer por la espiral de las debilidades: un fin de semana con la secretaria, un viaje, una cuenta corriente que se queda sin fondos...

Después de que él, avergonzado, deshiciera el equipaje, ella cerró la puerta del dormitorio y le advirtió que aquella sería la primera y la última vez en la que hablarían de la traición. El perdón que solicitaba su conciencia era auténtico, de tal forma que no quería supeditar el futuro de su matrimonio al aciago recuerdo de aquellos meses.

Sus hijas tardaron en comprender la reacción de su madre. La mayor, a la sazón de catorce años, era una chica segura de sí misma que había vertido su dolor, noche tras noche a lo largo de los meses, con llantos cargados de ira. Sabía que su padre, hasta entonces rey de la casa, había preferido los encantos momentáneos de una mujer sin escrúpulos al amor de su madre. La pequeña, una inocente niña, transfiguró su carácter y nunca más volvió a ser tan divertida, mutando hacia una timidez que jamás ha abandonado.

Ambas se llevaron una sorpresa al regresar del colegio: papá estaba de nuevo en casa. La de catorce reaccionó con una cadena de reproches mezclados con insultos. La de diez prefirió esconderse en su habitación. Entonces terció la madre, una vez más, para rogarles que se sentaran frente a él y vertieran de una sola vez todo el acíbar acumulado. Al igual que había hecho ella, les exigió que aquella fuera la primera y la última vez que le cantaban las cuarenta.

Han pasado los años y aquella debacle forma parte de la historia como una trémula niebla que apenas se distingue en la memoria.

El perdón obligó a aquel hombre a reconocer las gravísimas injusticias que había cometido contra los de su sangre. Además, cayó en la cuenta de la categoría de su esposa, capaz de resucitar el amor calcinado gracias a un requerimiento que susurró en su conciencia de manera casi imperceptible. Hoy son felices: ellos se adoran y las hijas hace tiempo que volvieron a convertir a su padre en confidente. Es la fuerza del perdón y del olvido, características definitorias del cristianismo, por otro lado tan difíciles y tan cuestionadas. Sin aquel perdón, la mujer, el marido y las dos hijas hoy serían náufragos.
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