5 feb. 2011

La vecina había enviudado años antes de mi nacimiento, así que con veinte cumplidos yo la observaba -cada vez que coincidíamos en el ascensor- como si hubiese sido una mujer eternamente vestida con toda la gama de violetas. En la medida que yo crecí, ella menguó, retorciéndose sobre su espalda como si llevase una cadena tensa desde el cuello a los pies. Lo cierto es que se resistía a que sus hijos le pusieran una persona que le ayudara en las tareas del hogar y ella misma se hacía la cama, limpiaba los anticuados muebles y los lunes cocinaba lo que, como un pajarito, iría comiéndose a lo largo de la semana.

Una noche metió un pollo en el horno y se quedó dormida frente al televisor. A las dos horas, un humo negro comenzó a brotar de su cocina y a buscar la salida natural por el patio de luces. En muy poco tiempo, la fumarada oscureció aquel lado de la casa.

En el sexto piso mi madre, que tenía el sueño ligero, caminaba por el pasillo dispuesta a ordenar un último armario. Entonces se percató del olor acre. Abrió la ventana interior dispuesta a investigar de dónde venía aquella pestilencia e, inmediatamente, le golpeó la nube opaca.
-¡Fuego! -gritó para alertar al resto del vecindario.

A toda prisa echó a correr hasta su vestidor. Se puso un abrigo de piel, encima otro y se llenó los cuatro bolsillos con las pocas joyas que escondía debajo de un cajón. Inmediatamente hizo un hueco para las chequeras, el pasaporte y el Documento Nacional de Identidad. Sabía que no debía tomar el ascensor para bajar a la calle, así que se lanzó apresuradamente -pese a la inseguridad de brincar en zapatillas- por las escaleras. Cuando llegó al tercero (donde vivía la viuda, que seguía roncando con placidez), mi madre recordó que no había despertado a mi hermana, cuyo cuarto se abría a otro patio de luces. Avergonzada, regresó sobre sus pasos con los abrigos, las joyas y los documentos, abrió la puerta del sexto derecha, entró en la habitación y sacudió los hombros de su hija.

-Lo siento -se sinceró-, pero te he cambiado por todas estas minucias.

Desde entonces, en familia gastamos la broma recurrente acerca de aquel pollo que fue capaz de modificar el orden de preferencias de una mujer que, sin embargo, se desvivió por cada uno de nosotros, incluida mi hermana.
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