22 ene. 2011

Ha comenzado la enésima edición de Operación Triunfo, ese programa de televisión en el que un puñado de muchachos seleccionados más por sus caracteres personales (físicos y psicológicos, con los que deben dar juego frente a las cámaras) que por su buena voz, se dejan encerrar en un Gulag al que llaman “Academia”, y donde les someten a todo tipo de presiones para que, ante los ojos de millones de espectadores, exploten con frecuencia en lágrimas, con la secreta esperanza de que alguno de ellos siga la estela de Bisbal y regale a los dueños de la idea otra cesta de huevos de oro.

Aunque en menor medida que otros reality shows, OT ha generalizado entre los adolescentes la sensación de que el éxito es una cuestión del destino, como si al nacer lo trajésemos impreso bajo la axila. Y claro, afloran aquí y allá los aspirantes a triunfadores, que sueñan culminar su vida entre los dieciséis y diechiocho años, prescindidento del sudor y los quebraderos de cabeza que padecieron sus padres, pobres hombres y mujeres que no han llegado a nada diferente a la aburrida horadez del trabajador medio.
He conocido a una de las participantes en el espacio de marras. Durante meses fue la concursante favorita de la segunda edición, y a su innegable belleza sumaba unas maneras resueltas sobre el escenario y el noviazgo con el chico guapo de aquel curso en la Academia. Le pregunté por aquel tiempo y me confesó que le sirvió para vivir dos años en una nube: contratos, disco, bolos por las fiestas de las grandes ciudades de España, la oportunidad de conocer a los gurus del negocio discográfico, programas de televisión, entrevistas, reportajes, firmas en grandes superficies y un sinfin de premios que a cualquier aspirante a baladista le pondrían los dientes largos. “¿Y después?”, insistí, porque me interesaba el segundo capítulo de su biografía. “Después nadie ha vuelto a acordarse de mí”, reconoció sin ambages. Y lo justificó con los momentos que estamos viviendo, las dificultades por las que pasa la industria de la música, la dispersión de los programas musicales en la televisión por cable... Aunque la sensación que me dejó -además de despertarme conmiseración por el engaño con el que le habían distraído durante veinticuatro meses- es que nada de lo que en esta vida merece la pena se puede lograr por una carambola. El éxito sostenido y el prestigio pide algo más: dotes, esfuerzo, tenacidad, audacia, capacidad para asumir riesgos y para sobrellevar los siempre terribles paréntesis del olvido, siempre aleccionadores.
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