14 ene. 2011

Me gusta enfrentar a mis alumnos de Excelencia Literaria a diferentes retos narrativos. A uno de ellos lo llamo “de compras con tu madre”, y con él pretendo que se explayen, con un bolígrafo sobre el papel, acerca de las experiencias aprendidas durante las jornadas comerciales junto a su mamá, ya que no hay dos historias iguales, desde aquella mujer que desea la compañía de sus hijos mientras vaga de tienda en tienda porque es la ocasión ideal para charlar de aquello para lo que en casa nunca hay tiempo, a la que comprende que no hay nada mejor que la cercanía de un hijo para convertirlo en caddy, es decir, en portador de las pesadas bolsas mientras una se entrega a un libre y desasido abrir y cerrar de cartera.

En mi juventud cupieron las dos posibilidades. Cuando llegaba a casa con los dedos amoratados por culpa de las asas de plástico, comprendía lo heroico de las amas de casa, que a estas alturas en vez de manos deberían portar muñones y, sin embargo todavía son capaces de lucirlas perfectamente acicaladas. También me entregaba a la confidencia sabiamente provocada por mi madre, tal vez con una sabrosa merienda en mitad de la tarde de compras. Aunque si me viese en la tesitura de rememorar literariamente aquellas idas y venidas por la urbe comercial, no me queda más remedio que caer en la evocación de las rebajas, donde toda madre se convierte en una doctora en supervivencia al sacar de cada peseta –ahora de cada céntimo de euro- el mejor partido.

Mi madre llevaba a gala su progenie numerosa y no se arredraba a la hora de solicitar un guiño de caridad en aquellos comercios que visitaba en nuestra compañía. Es decir, a las señaladas rebajas introducía la singularidad de su situación: viuda a cargo de cinco vástagos, para hacerle entender al dependiente que no es lo mismo acudir a los descuentos sin nadie a la espalda que con un puñado de adolescentes siempre hambrientos y gastadores de ropa en rodillas y codos. Y a fuerza que muchas veces lograba que al veinticinco o cincuenta por ciento detraído al precio original, el encargado del comercio o de la sección añadiera otro diez que aliviara en algo nuestra siempre necesitada economía, lo que en no pocas ocasiones me hizo encender los colores y murmurar por lo bajo: <<Mamá, por favor, esta vez no…>> y sin embargo hoy, que ya soy padre de familia numerosa, me ayuda a transitar por la vida con la cabeza bien alta en la busca de aquellos derechos que nadie nos reconoce, por más que de nuestra generosidad procreadora dependa buena parte del feliz futuro del país.
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