6 feb. 2011

En los años setenta del siglo pasado triunfaban en los quioscos las novelas gráficas, folletines realizados mediante sucesiones de fotografías en blanco y negro que iban narrando una historia -por lo general, de amor, lujo y desengaño- que devoraban las novias de los reclutas y que se ayudaban de bocadillos para introducir los diálogos de cada personaje. En el fondo, no dejaban de ser tebeos de baja estofa, que aprovechaban el lenguaje universalizado por los cómics como remedo a las telenovelas que aún no habían llegado a nuestras pantallas para acabar con el subgénero. Intuyo que, incluso, formaban colecciones de distintos personajes a los que sus autores iban enfrentando a unas y otras relaciones erótico-afectivas mediante las sugerencias de los propios lectores. Por entonces nadie imaginaba un invento transformador como internet y era habitual que el público propusiera a la editorial larguísimas prolongaciones del guión, ante el reclamo de premiar la mejor carta con una cena têt-à-têt con el galán o la heroína de la serie.

Insisto en que el lenguaje de aquellas novelas gráficas estaba calcado al del cómic, un arte de primerísimo rango que todavía no ha cumplido cien años y por el que los devotos de la ficción y el dibujo nos sentimos en deuda con la imaginación de los editores de prensa norteamericanos, que para ayudar al ocio dominguero de sus lectores, añadieron a la sábana de papel una colección de tiras en las que se mezclaban los monigotes con el texto, al principio con objetivos errores en el discurso gráfico pero que, en muy pocos años, alcanzaron la maestría de series míticas como “Terry y los piratas”, “Tarzán de los monos”, “El Príncipe Valiente”, “Dick Tracy”, “Flash Gordon”, “Rip Kirby” y tantos ejemplos que todavía hoy se venden (en álbumes recopilatorios) en las mejores librerías del mundo, después de que se hayan replicado cientos de ediciones.

El devenir del siglo XX queda perfectamente reflejado en la evolución de los tebeos. Si no se puede entender la América de la Ley Seca sin algunos de los títulos mencionados, resulta casi imposible comprender la España de la posguerra sin recurrir a “Pedro Alcázar y Pedrín”, el TBO o a los personajes y las aventuras publicadas por Bruguera. Carpanta, Zipi y Zape, El Botones Sacarino, Anacleto Agente Secreto y otros dibujos a tinta china describen la picaresca del hambre y el desarrollismo mejor que muchos tratados puntillosos y repletos de anexos, de igual modo que la sucesión de viñetas del comienzo de Tintín en “El país del Oro Negro”, es una obra maestra en la representación de un conflicto mundial que los belgas daban por perdido.

Hergé inventó la línea clara, una manera sintética de dibujar, ajena a los volúmenes, que al día de hoy sigue ganando en calidad expresiva a la mayoría de las películas de la historia del cine, si se me permite la licencia de comparar una y otra rama artística, por otro lado con tantos puntos de conexión.

A través de los cómics hemos conocido las caras poliédricas de los héroes y los villanos, pues si de los primeros hay algunos que necesitan esconder un turbio pasado –pienso en la deserción del Teniente Blueberry o en las habilidades, de ladrón de bajos fondos, del mayordomo de Rip Kirby-, entre los segundos los hay abocados a la conversión –el mayor de los hermanos Dalton es un buen ejemplo e incluso el Julio César que plasma Uderzo en la serie Astérix, el único romano que logra caernos bien a casi todo sus seguidores-.

Todavía muchos creen que el cómic está reservado para los niños, como si el trazo seguro o el irregular de sus grandes maestros fuese cuestión de pintamonas. Sin embargo, los niños son incapaces de entender el carácter deprimido de Carlitos o la personalidad naïf de Snoopy, en quienes Quino se basó para dotar de conciencia adulta a la pandilla de Mafalda, perfecto resumen del mundo desesperanzado que heredamos del mayo del 68.
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