26 feb. 2011

Una gran ciudad es un trasatlántico, esos que aparecen en los prospectos con veinte pisos de camarotes a babor y a estribor, distribuidos desde la primera (terraza con vistas al océano, cuarto de baño individual con baño de burbujas y sala de lectura) a la tercera clase (camarote interior con letrina compartida). Una gran ciudad es un hormiguero en el que los insectos se dividen según sus funciones y sus categorías. Una gran ciudad es la tripa de un monstruo, en la que brillan las luces de los santos y duelen las úlceras de la maldad.

Así contemplo la capital en la que vivo, a la que me asomo desde la ventana del ático y miro, con cierta prevención, su perfil dibujado sobre los árboles de la Casa de Campo. Hay un sagrario de luz verde que brilla día y noche en la planta treinta y tres de las Cuatro Torres y mil lupanares de la droga y el asesinato. Así son las capitales del mundo, cobijo para el mal y explosión de acciones buenas. Me lo contaba una lectora de este semanario, poeta y bibliotecaria en un colegio de barriada popular: está aquejada de una grave enfermedad que la obliga a recibir un tratamiento pesaroso en una de esas colmenas de salud a las que llamamos hospitales públicos. “A mi izquierda, una chica recibía tratamiento de quimioterapia y, más lejos, había otros jóvenes, enfermos también, cada uno sujeto a su bolsa de medicina. El ambiente era de silencio, de miradas. Yo pasaba las cuentas de un rosario y encomendaba a aquellos muchachos que han perdido el pelo. Cuando terminé, volví a casa preguntándome qué más puedo hacer por los demás”.
Mientras ella regresa a su hogar, la ciudad sigue latiendo: en una iglesia está expuesta una custodia para la adoración continua, y ante ella rezan una universitaria, una inmigrante boliviana y un anciano. En un callejón, una gitana rumana mendiga el almuerzo con su hijo envuelto en mantas. En el tercero izquierda de una calle de una sola dirección, una mujer llora la ausencia del marido muerto al tiempo que, en el principal, un joven estudia notarías. Así late una ciudad, entre la vida y la muerte, con las calles colapsadas por el tráfico y un niño que juega a la pelota junto al tobogán del parque. Las palomas, testigos alados de nuestros sueños y frustraciones, dibujan un escorzo en el cielo con el que pueden asomarse a las angustias de un empresario que no podrá aguantar su negocio más allá del mes de abril y al sueño plácido de un recién nacido.
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