5 mar. 2011

El anuncio de Esperanza Aguirre sobre su retiro temporal por un cáncer, más allá del coraje con el que la presidenta parece asumir el imprevisto de una enfermedad grave, me ha traído a la cabeza una música que a todos nos suena, porque todos tenemos una larga experiencia con este mal. Quien por sufrirlo, quien por acompañar o haber acompañado el sufrimiento de algún familiar o amigo afectado por este misterio que parece envenenado de muerte, aunque en muchos casos se salde con la victoria del paciente y en otros (tal vez la mayoría) con la de la enfermedad.

Esperanza Aguirre viene a recordarnos que tenemos los pies de barro, que no hay hombre ni mujer libre de las limitaciones de la naturaleza, pese a nuestro empeño por hacer girar el mundo alrededor de tantas banalidades. De hecho, ni siquiera las personas tocadas por la gloria del poder -afán que despierta los más nobles sentimientos de servicio junto a las más bajas pasiones de revancha- pueden asegurarse el día de mañana, lo que me obliga a paladear aquellos versos tan traídos de José Agustín Goytisolo: “Un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada”.
Echo de menos en los políticos la capacidad de bajar al ras de los hombres y mujeres que dicen representar. Al convertir el servicio público en una carrera profesional, se endiosan a todas luces, como si pisar la moqueta de un parlamento, de un ayuntamiento o del Senado les diera un aura que les sitúa por encima del bien y del mal, superioridad con la que reparten el dinero que nosotros les entregamos, con la que convocan y deciden concursos, con la que reservan sus montoncitos llegada la hora de escribir un presupuesto, con la que nos prohíben las actividades más absurdas como si fuesen padres plenipotenciarios, con la que se empeñan en derribar las leyes naturales.

Me pregunto si Zapatero y Rajoy (y con ellos, cualquiera de los miles de políticos que calientan poltrona) piensan alguna vez en los tiempos remotos de su infancia, cuando eran sencillos a la fuerza de su ignorancia, o en las noches de incertidumbre ante alguna mala noticia familiar. Si recuerdan la inquietud que causa la cercanía de una operación quirúrgica o el diagnóstico de un médico. Porque han necesitado el testimonio recio de Esperanza Aguirre para que, por una vez, hablen con el corazón y reconozcan que el aprecio vale más que la inquina, que la vida está muy por encima del capricho arbitrario de tantas leyes.
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