12 mar. 2011

“El discurso del rey” me hizo meditar sobre la importancia de la palabra. Un rey mudo, en las pocas monarquías que resisten al olfateo impertinente de la prensa seria y de la prensa del corazón, sería un rey muerto, porque si algo distingue en estas calendas a una testa coronada, no es precisamente el brillo de la corona sino la lectura de los discursos –toda una vida leyendo en público, ¡qué mérito!- que otros escriben y, tal vez, el rey anota poniendo o quitando una coma, subrayando el lugar de una inflexión, tachando una palabra repetida o un adjetivo demasiado elogioso en labios de quien está obligado a la equidistancia.

Qué bonito lo dice nuestro poeta, Enrique García-Máiquez en su última colección de versos, “Con el tiempo”, al referirse a nuestro idioma: “Esto lo explica todo: el español/ es mi lengua materna./ Lo amaba tanto sin saber por qué./ Ya no me caben dudas: escuchad/ a mi madre, que alienta detrás de mis palabras./ Si están vivas, son suyas; y si miento/ o me adorno o las tuerzo o son oscuras/ no os hablo en español. No es mi lengua materna”.El lenguaje se compone de palabras y las palabras son los sonidos inteligentes que vamos aprendiendo de niños –lo compruebo con la más pequeña de mis hijos- para comenzar a modularlas a pesar de no entender su significado, como si nosotros mismos fuésemos en origen palabras, la palabra misma, una palabra nada más. Como si de verdad respondiéramos a ese chispazo divino y estuviésemos hechos a imagen y semejanza de aquella Palabra tan bien avistada por Juan en su Evangelio, lo que me hace pensar si de nuestro vocabulario –y aún más de nuestra intención- debiésemos arrinconar las palabras ácidas, aquellas que duelen, las que desprecian, las que empujan al odio, las que miden con frialdad, las que murmuran y disfrazan la envidia, las que critican con mala baba, aquellas palabras con doble sentido, las rijosas, las que condenan, las que mienten, las que destacan los defectos del prójimo, las que insultan, las que matan.

Las arengas de Muamar el Gadafi escupen ácido sobre los inocentes, palabra a palabra, igual que el fuego azul de palabras abrasivas de los discursos de otros tiranos. Y con palabras venenosas –jugo de serpiente- se justifican aquellos políticos que hacen del servicio público un sayo bajo el que esconden el botín de sus raterías, los parabienes de tantas juergas con el sátrapa libio, con esos reyezuelos que apestan a plomo y a sangre.
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