23 abr. 2011

Lo mejor de estos últimos años es que uno se ha acostumbrado a todo sin necesidad de cambiar el gesto: si alguien me viniese con el cuento de que en mi jardín, en vez de un topo hay un tipo decidido a comportarse como esos animalitos ciegos que escarban túneles y se alimentan de lombrices, apenas distenderé la comisura derecha del labio y seguiré a lo mío y a los míos. Así que la noticia sobre no se sabe qué institución pública australiana que ha detectado hasta 23 identidades sexuales para las que exigen no se sabe cuántos reconocimientos, sólo me ha provocado un leve rictus facial de sopor (¡qué necedad elaborar la vida en torno a las gónadas, con tantos asuntos apasionantes a los que podemos entregar los días!) , por más que tenga la certidumbre de que en breve empezará la matraca patria a favor de este asunto.Si fuese homosexual, me avergonzaría formar parte de semejante carromato de rarezas, compartir su saca de reivindicaciones absurdas e injustamente impositivas. Entre otros motivos porque nuestra dignidad no radica en estar felizmente casado y ser padres de familia numerosa, vivir en castidad, sufrir con paciencia la viudedad, sentir querencia por los bares de ambiente gay o disfrutar los viernes disfrazado de Lola Flores, de igual modo que uno no es más o menos humano según haya nacido en Laponia, Eritrea o en la ciudad de Brujas. La dignidad nos la otorga pertenecer a esta especie, superior a cualquier otra por estar creada a imagen y semejanza de Dios, a pesar de nuestros muchísimos pesares. Por eso Teresa de Calcuta fue capaz de encontrar el rostro de Jesús mirando los ojos de una de sus novicias y los de aquel travestido que, tras años ejerciendo la prostitución, agonizaba de sida en su moridero del Bronx (por cierto, sintiéndose amado por primera vez sin ningún condicionante).

Si nos empeñamos en que el mundo gire alrededor de la sexualidad patológica, en breve la administración necesitará el servicio de los sexadores de pollos, los únicos que pueden ser capaces de distinguir esas 23 rarezas con las que algunos quieren regir los destinos del mundo y que, como bien apuntaba Ramón Pi a propósito del reportaje de Fúster, han tenido la prudencia en no incluir a los niños, los muertos y los animales entre sus caprichos, aunque comprobado el único interés que les mueve la barbarie estará al caer.
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