7 may. 2011

Una empresa nórdica ha empapelado las marquesinas de mi ciudad, ofreciendo a las mujeres casadas la oportunidad de vivir una aventura con total confidencialidad y anonimato. Son cuernos virtuales, al menos al principio, cuando la candidata ofrece una serie de informaciones que los empleados de dicho engendro cotejan con sus bases de datos de hombres insatisfechos. Más tarde la virtualidad se materializa, supongo: la adúltera se encama con el sujeto que de nada conoce (tal vez en una pensión cercana a la estación del tren, pues sabemos que casi nunca las ensoñaciones de la publicidad y la dura realidad coinciden) mientras el lelo del marido se pasa la tarde haciendo la compra en Carrefour, convencido de que su santa está merendando con las amigas en una cafetería del centro.

Suena a escena de “Aída” o de cualquiera de esas series de televisión. Algo cutre, muy cutre, a pesar de la pretendida elegancia del pasquín. En todo caso, me llama la atención la estrategia de la campaña, pues no busca a clientes varones -objetivo tradicional en el negocio del sexo- sino a esposas que anhelan emociones mediante el engaño.Los ideólogos de la igualdad llevan años buscando la claudicación de la mujer, para la que desean las más bajas pulsiones masculinas. Es la manera de convertirla en un monstruo de la afectividad. El ideal de estos pensadores de salón no es otro que el de una chica que en vez de presumir de novio o marido, cuente sus aventuras de cama como si fuese un cazador en un pabellón de trofeos, con descripciones, lenguaje y detalles propios de quinto de milicia después de un permiso por el barrio chino del villorio de su cuartel. Es una mujer que recela del varón que pretenda conquistarla con gusto y elegancia, porque debe ser ella la que imponga la estrategia del aquí te pillo, aquí te mato y aquí te olvido. Claro, que este tipo de mujer suele llegar a la cuarentena con la amargura de la soledad y el resentimiento de haber hecho de sí misma un juguete de usar y tirar.

Seguro que detrás de esa empresa nórdica debe de haber algún engendro, producto de esta ideología de jergón que contempla a la mujer casada como una alienada a la que hay que liberar del sometimiento de sus errores (los hijos que haya traído al mundo, claro) y de cada gesto de amor que, a lo largo de los años de vida en común, haya dedicado a su esposo, auténtico opio de la sexualidad al que hay que combatir y extinguir. Y si no, al menos coronar con los velones del buey Apis.
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