30 jul. 2011

El sexo es un divisor aplicable a todos los hombres (hombre o mujer, por más que las redes sociales ofrezcan “otros”, como si uno pudiese ser asexual como los ángeles o diseñar sus órganos reproductivos al capricho de un pintor cubista). También el de la raza, aunque no sé qué haríamos con la dificultad maravillosa de las mezcolanzas. O el de los credos, la política, la capacidad económica, las cualidades intelectuales y todo lo que se les antoje. Sin embargo, un divisor determinante es la paternidad. Uno, en condiciones normales, pasa parte de su vida siendo hijo y otra parte convertido en padre o madre, tres realidades maravillosas que van más allá de la perpetuación de la especie y reflejan la naturaleza divina.

Lo normal es que los hijos vean morir a sus padres (es durísimo cuando ocurre al revés), de igual forma que quienes ahora somos padres recibiremos la atención de nuestros hijos –ojalá- durante la agonía, lo que viene a demostrar que la orfandad es condición sine qua non para el disfrute de una larga existencia.Esta orfandad nos llena de anhelos, porque la ligazón respecto a quienes nos han dado la vida, criado y educado anuda unos vínculos afectivos mucho más poderosos que la muerte. Así aumenta nuestra esperanza de que en el Cielo nos reencontraremos para vivir eternamente juntos. Mientras tanto, Dios, que tiene la mejor de las imaginaciones, ha sido capaz de crear sustitutivos que ayudan a que nuestro corazón no olvide el amor filial. Uno de ellos es el Papa, sucesor de quien hizo cabeza entre los Apóstoles y representante de la Trinidad en la tierra.

Pese al espíritu condensador de los Evangelios, Pedro debió de asumir su altísima responsabilidad con espíritu patriarcal, que es el que impera entre los padres de las familias numerosísimas. Y si me preguntan cómo definiría a los papas que he conocido (de Pablo VI sólo tengo el vago recuerdo de su funeral en blanco y negro), con toda naturalidad me brota el convencimiento de que fueron padres, auténticos “papás” que muy por encima de sus labores de gobierno buscaron la manera de que sus hijos pisáramos las huellas de Cristo que conducen a la Salvación. El breve Juan Pablo I, con la sonrisa de sus artículos literarios. El magno Juan Pablo II, con la santidad de su paternidad universal (no en vano, cumpliendo el papel de la parábola, salió a los caminos del mundo para recibir a todos sus hijos con los brazos abiertos), como Benedicto XVI, cuya paternidad enlaza con la de sus predecesores y, sobre todo, con la de Dios.
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