23 jul. 2011

Qué sana envidia el sentimiento patriótico de los EE.UU., por más que sus ciudadanos hayan llegado a la tierra de las oportunidades desde todos los rincones y por los más peregrinos vericuetos. Aquel que muestra audacia para ganarse honestamente el pan, abrazaba enseguida la bandera de las barras y las estrellas, aceptando un proyecto común que está muy por encima de árboles genealógicos, raza, ideologías, nivel cultural y religión. Una mujer nacida en Puerto Rico asentada en Orlando, por ejemplo, hace de los soldados que se baten en las ratoneras de Oriente algo propio, y llora en pie mientras el televisor recoge la imagen de los féretros abanderados de los caídos en batalla. Así, el vecino del Norte es un paradigma de cómo gestionar el jaleo migratorio que tantos quebraderos de cabeza nos causa en Europa.Porque lo de Europa es una realidad bien distinta. Construida por amalgamas y rupturas, por invasiones y anexiones, por guerras y acuerdos de paz, por una fe quebrada, por indiferencia y hasta desprecio según el origen de sus ciudadanos, sufrimos el desapego de nuestros gobernantes hacia los auténticos motivos que justifican la Unión, entre los que el euro apenas tiene importancia. Si Europa debe presumir de algo, es de una civilización cristiana que ha mostrado al hombre de las antípodas la dignidad de la persona, el valor del esfuerzo colectivo, la necesidad de un orden impuesto por la Ley, o la autoridad que pasa del ordeno y mando al servicio.

Hablamos del ahogo que provoca la crisis económica lastrada por Grecia, pero nuestro continente debe antes ofrecer y recibir infinidad de perdones por el daño que nos hemos causado los unos a los otros. Baste la vergonzosa indiferencia de la Europa occidental hacia los países sometidos por el comunismo mefistofélico, un antes de ayer que aún no hemos digerido, incapaces de buscar un lugar a quienes continúan agitando banderas rojas y blandiendo puños al aire.

Mientras el norteamericano (no importa que sus padres hayan nacido en Samoa o en Libreville) prescinde de partidismos llegado el momento de arrimar el hombro, los europeos no conseguimos desligarnos de la consigna política ni aunque el país reviente en sangre y humo, sumidos como estamos en una continua idiocia. Si no, cómo explicamos la apatía española ante el regalo a nuestros terroristas de tantos órganos de administración pública. Eso sí que es crisis, crisis moral que hace del crack económico un simple dolor de barriga.
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