16 jul. 2011

Siento rechazo a las palabras bienintencionadas. Una de las que más me desagrada es “solidaridad”, término que se ha convertido en barniz con el que lustrar la conciencia de cara a la galería, que lo mismo sirve para convocar un sarao (una conocida organizó una “fiesta solidaria” para comprarse una moto) que para apoyar una chaladura (que se lo digan a los vecinos de Chueca, carcomidos por la solidaridad municipal que ha convertido su castizo barrio en un zoológico humano) o para vendernos la burra (nuestros parlamentarios justificaron la ampliación del aborto como un “gesto solidario”).

Otra que aborrezco, lo siento, es “voluntario”, porque de vocablo tan ambiguo se disfraza mucho desalmado listo a hacer caja con sonrisa de arcángel. Tras la solidaridad de los “voluntarios de oenegé” (otra voz para el museo de los horrores) se esconden muchos caraduras de la lisonja que no dan palo al agua más que para poner la mano a modo de cacillo y llenar de ideología esas tareas que presumen apolíticas y aconfesionales. De hecho, no hay peor confesión que la de un “oenegero” presto a emplear su cariz seráfico para endilgar a los beneficiarios de sus proyectos todo un compendio de mala vida.En contraposición, hay iniciativas que despiertan los más nobles sentimientos y hasta el empeño por dejarse la piel sin pedir recompensa. Lo he comprobado con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud que celebraremos en agosto. A pesar de que la prensa anda estos días tratando de sacar de debajo de las alfombras cualquier serpiente que salpique el buen nombre del cardenal Rouco y del mismísimo papa, pocos eventos han sumado tanta colaboración gratuita. Es el caso de muchos parados y jubilados de altísima cualificación, destinados a tareas peregrinas y necesarias, o el del equipo de la Pequeña Guardia Suiza, que ha adiestrado a medio centenar de niños que darán la bienvenida y despedirán al Santo Padre en el aeropuerto de Barajas ataviados como una diminuta escolta de corps. Aunque este evento no deja de ser un guiño en la monumentalidad de la JMJ, su responsable –un joven abogado que tiene suficientes jaleos en su despacho como para haber rechazado este tinglado- se ha encargado de que todos esos pequeños reciban una formación continuada durante el curso a la altura del huésped que vendrá a Madrid, en la que ha involucrado a las familias y a un equipo de costureras que sumaron al encargo de confeccionar los uniformes más de 15.000 avemarías por los frutos de la peregrinación. Y todo, sin condiciones.
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