8 oct. 2011

Las nuevas tecnologías nos acercan a las peripecias heroicas de los misioneros, a los que antes sólo podíamos seguir gracias a algún boletín impreso en papel sin calidad.

Tengo la suerte de intercambiar mensajes semanales con María Teresa, navarrica de raza que desgasta los últimos compases de su larga vida en la India. O con Vicente, que recién ordenado sacerdote y con las ansias propias de la juventud se marchó a Tailandia, desde donde nos cuenta los dolores de una población atenazada por los últimos vómitos del Monzón. Pero ha sido la carta de un joven Padre Blanco la que me ha animado a escribir, ya que acaba de regresar a Níger, un vastísimo país de arena que muy pocos sabríamos encontrar en un mapamundi, para ocuparse de los “niños vulnerables”, que según sus palabras son “los niños de la nada, que se instalan en los rincones de la ciudad y junto a las escombreras”. Incluso se permite el lujo de describir con belleza su paso por el río Níger de camino a la misión, “que viene ahora de crecida; magnífico, ancho y solemne, arrastrando jacintos y nenúfares a los que nadie presta atención”, para después reconocer que sigue emperrado en soltarse en el songhai, la endiablada lengua de esas tribus del Sahel.Su primer propósito es poner en funcionamiento una verdadera comunidad cristiana en el pueblucho que tienen asignado, y se lo han encomendado a san Lorenzo, convencido de que los santos no solo son figuras de la historia sino intercesores en el Cielo, y que realiza su trabajo en “un mundo musulmán en uno de los rincones más pobres de la tierra”. Y para resistir, tiene claro que necesita “seguir a Jesús viviendo en fraternidad, reuniéndonos para la oración, organizando los distintos servicios de nuestra parroquia, formando a los catecúmenos e implicándonos en un esfuerzo contra la pobreza de los niños vulnerables”.

Asegura que la situación es dramática, porque la cosecha de mijo, base de la alimentación de los nativos, “se anuncia desastrosa”, a lo que se suma una epidemia de cólera y las revueltas que causan los soldados que huyen de Libia.

Me conmueve el final de su misiva, que suena a oración: “San Lorenzo, aquí te presentamos nuestros deberes y sueños. Somos nada en medio de estos arenales, una pequeña caravana por tierras inciertas, pero nuestro espíritu está confiado y sereno porque el único interés es anunciar el Evangelio como hizo Jesús, ya que aquí se cumplen hoy las Escrituras”.
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