15 oct. 2011

Maternidad y paternidad componen una de las experiencias más bonitas de la vida y, sin embargo, muchas veces siento lástima por esos matrimonios que se entregan con alma y cuerpo a su bebé, convirtiéndolo en centro de todas las miradas, haciendo de cada una de sus inmaduras respiraciones una cuestión de angustia, velando a pie de cuna sus sueños o, lo que es peor, obligándole a dormir con sus papás, entregándole -sin que el pequeño lo haya pedido- un lugar en un colchón que no le corresponde pero del que sabrá adueñarse hasta la patología que me narraba una enfermera que trabaja en una planta de psiquiatría infantil: un niño comenzó a ocupar el lecho conyugal con la excusa de sus pesadillas nocturnas, hasta que el padre se hartó de ser el último mono de la casa e hizo las maletas, dispuesto a iniciar una nueva vida allí donde encontrara una mujer dispuesta a prestarle atención. La madre, embelesada con su criatura, apenas sintió el desgarrón del divorcio pues continuaba hipnotizada por ese milagro carne de su carne, con el que compartió dormitorio hasta que el muchacho pasó, a los dieciséis, a ocupar una cama del loquero.Este tipo de posesiones dañinas llegan, con el tiempo, a llevarse por delante, como una tromba de agua, las carreras universitarias, los puestos laborales y hasta las relaciones afectivas de los hijos. La suegra, el suegro o ambos a la par siguen considerando al joven emancipado una posesión sobre la que tienen derecho, y no viven tranquilos por más que metan sus bigotes en una casa que no les pertenece, imponiendo reglas y disciplinas con las que pretenden atar en corto la capacidad de decidir del yerno o la nuera que asaltó el nido y raptó a su polluelo.

A un hijo no se le debe cargar nunca con el sambenito de ser medicina, ansiolítico, muleta de seguridad para el padre, la madre o el matrimonio de alma cojitranca porque los hijos no nos pertenecen, a pesar de los derechos y deberes lógicos que generan paternidad y filiación. Y hablando de ese tipo de lazos, me conmovió la confidencia de una religiosa con muchísimos años de fidelidad a su vocación: “De joven, un domingo me dejé llevar por la curiosidad de escuchar a un charlatán de feria que pasaba por mi pueblo, y me perdí la misa. Cuando llegué a casa, mi padre me soltó un pellizco mientras apenado me decía: ¿No ves que tu pecado es mío?...”, frase que me hace reflexionar sobre la responsabilidad más delicada que a los padres se nos ha depositado: la de conducir a los hijos hacia la plenitud de Dios.
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