27 ene. 2012

Es un sacerdote mayor –he escrito de él otras veces- al que la diabetes fue dejándolo ciego, hasta que terminó por echarle un telón definitivo sobre sus ojos claros. Y es cordobés, de un pueblito fronterizo con la provincia de Sevilla, por lo que en su carácter se une la sapiencia y el gracejo, el buen tono y la alegría, además de un sinfín de virtudes humanas que hacen tan fácil quererle.

Le gusta rememorar sus años junto a un santo de altar, en Roma, cuando aquel grupo de jóvenes estudiantes de Teología pasaban hambre, frío, calor y todo tipo de penalidades que se les olvidaban en cuanto tomaban asiento alrededor del santo, al que le alegraban sus preocupaciones con canciones, números de festival y cadenas de chistes inocentes, que terminaban por convertirlas en ocupaciones hasta disiparlas en fraternales carcajadas. Después vino Irlanda, la clerical tierra de San Patricio, a la que llegó para susurrar en un inglés con acento andaluz que todos podemos aspirar a ser como Jesús, también quienes no han recibido órdenes sagradas o no han profesado ningún tipo de voto.
Cuando regresó a España, disfrutó unos años del color de Sevilla y fue ensartando amigos en un rosario casi infinito, amigos a los que confesaba en la iglesia y de paseo por el parque Maria Luisa, o en las orillas del Guadalquivir, bajo la sombra de Triana. Y después Madrid, con nuevos amigos que deseaban llevarle a los toros, a los que regalaba sus inocentes acuarelas que eran aguadas de cariño. Hasta que comenzó a perder visión y a seguir disfrutando a escondidas de todo tipo de dulces.

Le telefoneo y me cuenta que ahora que no ve, ruega a alguno de sus hermanos que le encienda el ordenador y que busque las fotos de sus amigos. Y que se las narre: que le describa las facciones y los gestos, el color y hasta el ambiente mientras él lanza silenciosas avemarías, pues se le han olvidado los azules y los verdes. También me dice que apenas duerme, pero que llena sus noches en vela con horas de música, música celestial porque sé que con palabras mudas va susurrándole a su Señor: <<ya falta menos para que, cuando concelebre la Misa, vuelvas otra vez a mis manos. Y aunque ya falte menos, cuánto te echo en falta…>>
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